- Julio Verne: mi escritor favorito hasta los 12 años
- Robur el Conquistador (1886): aventuras en helicóptero, diez años antes del nacimiento de De La Cierva.
- H.G. Wells:
- La máquina del tiempo (1895): una hipótesis sobre la evolución futura de la humanidad.
- La isla del Doctor Moreau (1896): ¿se puede regalar la inteligencia?
- La guerra de los mundos (1898): a los que entendáis inglés, os recomiendo escuchar la versión radiofónica de Orson Welles (1938). Estremecedora.
- Stanislaw Lem:
- Diarios de las estrellas. Viajes (1971): paradojas y avances tecnológicos llevados al absurdo con un humor hilarante.
- Diarios de las estrellas. Viajes y Memorias (1971): continuación.
- Congreso de futurología (1971): similar.
- Adolfo Bioy Casares:
- La invención de Morel (1940): gustará especialmente a los amantes de la serie "Perdidos". Obligatorio leer el prólogo de Borges.
- Arthur C. Clarke:
- El león de Comarre (1948): si pudieses satisfacer instantáneamente todos tus deseos...
- Cita con Rama (1973): un asteroide va a pasar cerca del sol, pero quizá no sea una roca.
- 2001 Una Odisea Espacial (1968): el final de la novela es mucho más esclarecedor que el de la película.
- Isaac Asimov:
- Yo robot (1950): en esta antología de relatos Asimov inventa las 3 leyes de la robótica y luego se dedica a idear situaciones que las pongan al límite.
- Fundación (1951), Fundación e Imperio (1952), Segunda Fundación (1953): la trilogía original donde la psicohistoria aprende a predecir el futuro.
- El universo (1971): ensayo sobre el estado de la cosmología a finales de los 60. Apasionante.
- Los propios dioses (1972): especialmente fascinante la segunda de sus tres partes.
- Ray Bradbury:
- El hombre ilustrado (1951): un hombre tatuado...
- Fahrenheit 451 (1953): si habéis visto la película de Truffaut, ya sabéis de qué va.
- Frederik Pohl:
- Homo Plus (1976): los grandes proyectos (llevar un hombre a Marte) requieren grandes impulsos...
- Michael Crichton: muchas de sus novelas han sido llevadas (con éxito) al cine:
- Congo (1980): recomiendo también la adaptación cinematográfica.
- Esfera (1987): el inicio es muy intrigante (si no has visto la película).
- Parque Jurásico (1990): sobra hablar de la historia, pero no encontraréis otra novela donde la campana de Gauss forme parte de la trama. Argumento brillante, bastante infantilizado por Spielberg.
- Punto crítico (1996): no es ciencia-ficción pero sirve como un curso avanzado de aeronáutica. Los accidentes aéreos no tendrán secretos para vosotros.
- Rescate en el tiempo (1999): me gusta sobre todo la parte inicial (ciencia de vanguardia), el resto es de aventuras.
- Presa (2002): se pone a pensar hasta dónde puede llegar la nanotecnología y se le va la olla.
- Next (2006): lo que todo el mundo debería saber sobre manipulación genética. Tiene alguna escena de alto contenido sexual (aviso a navegantes).
- Orson Scott Card:
- El juego de Ender (1985): sólo un niño tiene los reflejos necesarios para enfrentarse a una colmena de alienígenas.
- La voz de los muertos (1986): continuación de la historia.
- Robert J. Sawyer
- Flashforward (1999): ¿qué pasaría si todo el mundo viese momentáneamente su futuro?
- Homínidos (2002), Humanos (2003), Híbridos (2003): trilogía en la que los Neandertales son la especie dominante en un universo paralelo.
- Andy Weir
- The martian (2014): cómo un hombre solitario puede usar la ciencia para sobrevivir en un planeta empeñado en liquidarle. Aunque hayáis visto la película, el libro os sorprenderá.
Lauderat
He creado este blog para publicar algunos de mis relatos. Si os gustan y queréis dejar un comentario, lo agradeceré.
jueves, 16 de febrero de 2017
RECOMENDACIONES
Para quienes me lo habéis pedido, os recomiendo algunas novelas y relatos de ciencia-ficción que me han gustado, ordenados por autores y año de publicación:
MENTIROSO CHAMÁN
Al ver por primera vez aquella roca que se había incrustado en el suelo después de provocar un intenso fulgor en el cielo, no se nos ocurrió pensar que podía estar viva. Su aparición resultaba un hecho extraordinario pero no sorprendente, pues conservamos en el Lugar Sagrado fragmentos rocosos que, según cuentan las leyendas de nuestros antepasados, también cayeron envueltos en fuego.
Cuando conseguimos localizar el lugar de la caída, el pedrusco estaba demasiado caliente como para intentar transportarlo o romperlo y, mientras esperábamos a que se enfriase, ocurrió el alumbramiento. Un orificio ovalado se abrió en la superficie todavía incandescente y, a su través, aquél objeto, que sin duda no era una roca, parió una diminuta criatura que enseguida comenzó a intentar reptar torpemente, ayudándose con los cinco apéndices que salían de su cuerpo. Estaba tapizado por una piel de polímeros desconocidos para nosotros, cuya transparencia permitía apreciar unas estructuras alargadas y rígidas rodeadas por material menos denso. Uno de los apéndices resultaba claramente diferente al resto, pues era bastante más corto y estaba doblemente protegido por un caparazón del mismo material rígido y además por una concha de sílice más externa, lo que nos hizo suponer que de algún modo era más importante. Los descoordinados movimientos de aquel ser me recordaron vagamente a los de un recién nacido y decidí llamarle Dan, que significa desastre. No parecía ser una amenaza, de modo que le llevamos ante el jefe de la tribu y éste, después de observar durante algún tiempo su evidente dificultad para desplazarse, dictaminó que el chamán debía intentar comunicar mentalmente con él, del mismo modo que hacía con los dioses y con las fuerzas de la naturaleza.
Se nos ordenó trasladar la criatura a la gruta del chamán, donde éste ejecutó incansablemente rituales ancestrales en los que fingía caer en trance y establecer aquella supuesta comunicación. No mucho tiempo después, cuando Dan dejó definitivamente de moverse, fuimos requeridos para colocarle en el altar de las rocas del cielo, donde permanecerá para servir de asombro a las generaciones futuras.Yo siempre había albergado dudas acerca de las facultades del chamán, ya que me costaba creer que pudiese establecer cualquier tipo de comunicación más allá de las ambiguas fantasías ideadas por un solitario anciano. Y este caso sirvió para confirmar mis sospechas. No pude creer ni uno solo de los delirantes detalles de la historia que contó y que, estoy seguro, se había inventado.
Nos dijo que Dan procedía de un pequeño mundo esférico que orbitaba en torno a una estrella tan lejana que ni siquiera era visible en el firmamento. Que en su lugar de origen no necesitaba ni la piel de polímeros, que para él era opaca, ni la concha de sílice, cuya transparencia le permitía mirar a su alrededor cuando salía de viaje. Que aquél pequeño mundo estaba habitado por millones de sus congéneres, cuyos cuerpos resultaban allí notablemente más ligeros que aquí, lo que les permitía usar sus apéndices para desplazarse con agilidad e incluso cooperar para construir rocas capaces de trasladarles de un extremo a otro del universo. Que había llegado hasta aquí por accidente, pues su destino era otro muy distinto. Que a nosotros nos llamaba "AMEBAS GIGANTES". Y que los nombres que usaba para referirse a su estrella, a su mundo y a sí mismo eran SOL, TIERRA y ASTRONAUTA.
Cuando conseguimos localizar el lugar de la caída, el pedrusco estaba demasiado caliente como para intentar transportarlo o romperlo y, mientras esperábamos a que se enfriase, ocurrió el alumbramiento. Un orificio ovalado se abrió en la superficie todavía incandescente y, a su través, aquél objeto, que sin duda no era una roca, parió una diminuta criatura que enseguida comenzó a intentar reptar torpemente, ayudándose con los cinco apéndices que salían de su cuerpo. Estaba tapizado por una piel de polímeros desconocidos para nosotros, cuya transparencia permitía apreciar unas estructuras alargadas y rígidas rodeadas por material menos denso. Uno de los apéndices resultaba claramente diferente al resto, pues era bastante más corto y estaba doblemente protegido por un caparazón del mismo material rígido y además por una concha de sílice más externa, lo que nos hizo suponer que de algún modo era más importante. Los descoordinados movimientos de aquel ser me recordaron vagamente a los de un recién nacido y decidí llamarle Dan, que significa desastre. No parecía ser una amenaza, de modo que le llevamos ante el jefe de la tribu y éste, después de observar durante algún tiempo su evidente dificultad para desplazarse, dictaminó que el chamán debía intentar comunicar mentalmente con él, del mismo modo que hacía con los dioses y con las fuerzas de la naturaleza.
Se nos ordenó trasladar la criatura a la gruta del chamán, donde éste ejecutó incansablemente rituales ancestrales en los que fingía caer en trance y establecer aquella supuesta comunicación. No mucho tiempo después, cuando Dan dejó definitivamente de moverse, fuimos requeridos para colocarle en el altar de las rocas del cielo, donde permanecerá para servir de asombro a las generaciones futuras.Yo siempre había albergado dudas acerca de las facultades del chamán, ya que me costaba creer que pudiese establecer cualquier tipo de comunicación más allá de las ambiguas fantasías ideadas por un solitario anciano. Y este caso sirvió para confirmar mis sospechas. No pude creer ni uno solo de los delirantes detalles de la historia que contó y que, estoy seguro, se había inventado.
Nos dijo que Dan procedía de un pequeño mundo esférico que orbitaba en torno a una estrella tan lejana que ni siquiera era visible en el firmamento. Que en su lugar de origen no necesitaba ni la piel de polímeros, que para él era opaca, ni la concha de sílice, cuya transparencia le permitía mirar a su alrededor cuando salía de viaje. Que aquél pequeño mundo estaba habitado por millones de sus congéneres, cuyos cuerpos resultaban allí notablemente más ligeros que aquí, lo que les permitía usar sus apéndices para desplazarse con agilidad e incluso cooperar para construir rocas capaces de trasladarles de un extremo a otro del universo. Que había llegado hasta aquí por accidente, pues su destino era otro muy distinto. Que a nosotros nos llamaba "AMEBAS GIGANTES". Y que los nombres que usaba para referirse a su estrella, a su mundo y a sí mismo eran SOL, TIERRA y ASTRONAUTA.
miércoles, 18 de enero de 2017
CINCEL
Las mieles del mecenazgo están hechas para paladares más educados que el mío. Aunque nunca he discutido tus órdenes, me resulta incomprensible que dilapides tontamente una parte significativa de tus rentas para alimentar a una selecta corte más de aduladores que de artistas. Soy incapaz de encontrar ni siquiera una leve emoción en las salpicaduras arrojadas de forma aleatoria sobre un lienzo, en una habitación plagada de pantallas torcidas mostrando en bucle imágenes de cuerpos semidesnudos o en tres bolsas de basura descuidadamente apiladas en el rincón mejor iluminado de un museo. Considero a sus creadores una manada de parásitos que han encontrado una cómoda forma de vida a la sombra de un mecenas tan sensible a su arte como férreo en el gobierno de sus negocios. Respaldo tus inversiones en casinos por su rentabilidad y en empresas farmacéuticas por tus problemas de salud. Pero lo de patrocinar a estos golfos siempre me ha parecido una pérdida de tiempo y sobretodo de dinero.
El caso de Vincenzo es diferente. Junto con su foto, recibí el catálogo de sus obras más recientes y, al hojearlo, me sentí tan sobrecogido por la belleza de aquellas esculturas de mármol que acudí a su exposición todas las tardes de la siguiente semana, dedicando largos minutos a contemplar cada pieza hasta casi memorizarla. Se le ha criticado calificándole de barroco, pero es precisamente su atención a los detalles y la delicadeza y abundancia de éstos lo que resulta conmovedor. La portada del catálogo reproduce la que considero su obra maestra: cabeza de mujer. Una mujer joven que parece dirigir la mirada hacia su regazo mientras el pelo, largo y ensortijado, resbala suavemente sobre su hombro izquierdo.
El día que fui a su estudio, tras una deliberadamente breve presentación, le pedí que me mostrase el cincel que había utilizado para esculpir aquel retrato femenino. Había leído que Vincenzo pasó la mayor parte de su infancia en una cabaña aislada en la zona de los Alpes donde el único entretenimiento posible era tallar la madera con una pequeña navaja. Allí desarrolló esa soberbia habilidad para identificar formas y volúmenes, para extraer del amorfo material gráciles ciervos, osos amenazantes y las esbeltas pastorcillas que aparecen recurrentemente en su obra. Cuando, viviendo ya en Venecia, pudo experimentar con el mármol, su don floreció más que nunca y le llevó en pocos años a llamar la atención de solventes mecenas, si bien fue a ti a quien eligió finalmente. Liberado de la preocupación por ganarse el sustento cotidiano, dedicaba sus días y sus noches a cincelar incansablemente bloques de todos los tamaños, como si presintiese que su tiempo entre los vivos tendría una corta fecha de caducidad.
Cuando le tuve ante mí, me pareció que su extrema delgadez le daba una apariencia demasiado frágil, impropia de alguien dedicado a un arte tan exigente físicamente. Además, la blancura casi transparente de su tez, la finura de su mentón y los caprichosos rizos de su rubio cabello podrían inducir a un observador distraído a tomarle por una más de las bucólicas figuras que poblaban su estudio. Sólo la presencia de unos grandes ojos oscuros sugería que algo vivo se ocultaba, o más bien se protegía, dentro de tan liviana envoltura.
Mi interés por uno de sus útiles de trabajo no pareció agradarle, quizá por resultar una petición inesperada o impertinente, pero le debía demasiado al apellido impreso en mi tarjeta de visita como para negarse o poner reparos. A los pocos minutos lo tenía en mis manos.
Un cincel de acero forjado, tan desgastado que había perdido el brillo entre los golpes contra el mármol y el polvo de éste depositado en toda su extensión. No sería más largo que la distancia entre mis dedos pulgar e índice totalmente extendidos. Su grosor permitía agarrarlo con firmeza o suavidad, según lo requiriese el embate que el pesado mazo iba a ejecutar a continuación. La forja había sido eficaz, pues el extremo afilado había resistido centenares de impactos sin perder su agudo borde, mientras que el engrosamiento del extremo opuesto, con su forma roma y aparentemente irregular, ofrecía una superficie ideal para recibir el impacto que se transmitiría a través del acero para infligir al doliente mármol el más sutil de los desgarros.
No pude evitar una intensa agitación al sentir su frialdad y comprobar hasta qué punto estábamos hechos del mismo material. Yo he sido el implacable cincel con el que has esculpido tu imperio y por eso siempre te llamé jefe antes que padre. Tú, siempre presto a doblegar voluntades y conseguir resultados rápidos e incontestables. Yo, firme acero ejecutando tus órdenes. Me forjaste pacientemente de acuerdo a tus necesidades, unas veces con castigos físicos, otras con privaciones, la mayor parte de las veces mediante coacciones, hasta convertirme en una herramienta perfecta para conseguir tus fines. Te estoy agradecido por ello.
Casi me dio pena la triste mirada de aquellos ojos profundos cuando empujé el implacable cincel a abrirse paso entre las costillas de Vincenzo y atravesé su corazón, desgarrándolo hasta dejarlo inerte.
Tu previsión se ha cumplido. Como esperabas cuando me diste la orden, la cotización de sus obras se ha disparado y con ella tu patrimonio. Me has enseñado bien. Tantos años sirviéndote me han llevado a dominar mi arte tanto como él dominaba el suyo. Ya sabes que me gustan estos juegos y que, cuando tengo que poner fin a una vida, me obsesiona encontrar un instrumento que guarde una íntima relación con mi víctima.
Sin embargo, te guardo otra noticia aún mejor. Una empresa farmacéutica, en la que no has invertido, ha cometido un grave error que la conducirá a la quiebra y centuplicará el valor de las acciones de la competencia, que sí posees. Ese lamentable error causará la muerte a numerosos pacientes, involuntarios peones que es necesario sacrificar para alcanzar un bien mayor. Pero con ellos también caerá un rey.
No ha sido casual que hoy, en la única farmacia cercana a la casa de campo en la que te aíslas del mundo, sólo estuviese disponible la insulina de ese laboratorio negligente. Cuando te la has inyectado esta tarde, sin saberlo, has roto ese equilibrio inestable por el que tu cuerpo lleva serpenteando toda tu vida.
En cierto modo, tu previsión se ha cumplido. Como esperabas, tu fortuna se ha multiplicado. Pero algo ha salido mal. Ahora es mi fortuna.
El caso de Vincenzo es diferente. Junto con su foto, recibí el catálogo de sus obras más recientes y, al hojearlo, me sentí tan sobrecogido por la belleza de aquellas esculturas de mármol que acudí a su exposición todas las tardes de la siguiente semana, dedicando largos minutos a contemplar cada pieza hasta casi memorizarla. Se le ha criticado calificándole de barroco, pero es precisamente su atención a los detalles y la delicadeza y abundancia de éstos lo que resulta conmovedor. La portada del catálogo reproduce la que considero su obra maestra: cabeza de mujer. Una mujer joven que parece dirigir la mirada hacia su regazo mientras el pelo, largo y ensortijado, resbala suavemente sobre su hombro izquierdo.
El día que fui a su estudio, tras una deliberadamente breve presentación, le pedí que me mostrase el cincel que había utilizado para esculpir aquel retrato femenino. Había leído que Vincenzo pasó la mayor parte de su infancia en una cabaña aislada en la zona de los Alpes donde el único entretenimiento posible era tallar la madera con una pequeña navaja. Allí desarrolló esa soberbia habilidad para identificar formas y volúmenes, para extraer del amorfo material gráciles ciervos, osos amenazantes y las esbeltas pastorcillas que aparecen recurrentemente en su obra. Cuando, viviendo ya en Venecia, pudo experimentar con el mármol, su don floreció más que nunca y le llevó en pocos años a llamar la atención de solventes mecenas, si bien fue a ti a quien eligió finalmente. Liberado de la preocupación por ganarse el sustento cotidiano, dedicaba sus días y sus noches a cincelar incansablemente bloques de todos los tamaños, como si presintiese que su tiempo entre los vivos tendría una corta fecha de caducidad.
Cuando le tuve ante mí, me pareció que su extrema delgadez le daba una apariencia demasiado frágil, impropia de alguien dedicado a un arte tan exigente físicamente. Además, la blancura casi transparente de su tez, la finura de su mentón y los caprichosos rizos de su rubio cabello podrían inducir a un observador distraído a tomarle por una más de las bucólicas figuras que poblaban su estudio. Sólo la presencia de unos grandes ojos oscuros sugería que algo vivo se ocultaba, o más bien se protegía, dentro de tan liviana envoltura.
Mi interés por uno de sus útiles de trabajo no pareció agradarle, quizá por resultar una petición inesperada o impertinente, pero le debía demasiado al apellido impreso en mi tarjeta de visita como para negarse o poner reparos. A los pocos minutos lo tenía en mis manos.
Un cincel de acero forjado, tan desgastado que había perdido el brillo entre los golpes contra el mármol y el polvo de éste depositado en toda su extensión. No sería más largo que la distancia entre mis dedos pulgar e índice totalmente extendidos. Su grosor permitía agarrarlo con firmeza o suavidad, según lo requiriese el embate que el pesado mazo iba a ejecutar a continuación. La forja había sido eficaz, pues el extremo afilado había resistido centenares de impactos sin perder su agudo borde, mientras que el engrosamiento del extremo opuesto, con su forma roma y aparentemente irregular, ofrecía una superficie ideal para recibir el impacto que se transmitiría a través del acero para infligir al doliente mármol el más sutil de los desgarros.
No pude evitar una intensa agitación al sentir su frialdad y comprobar hasta qué punto estábamos hechos del mismo material. Yo he sido el implacable cincel con el que has esculpido tu imperio y por eso siempre te llamé jefe antes que padre. Tú, siempre presto a doblegar voluntades y conseguir resultados rápidos e incontestables. Yo, firme acero ejecutando tus órdenes. Me forjaste pacientemente de acuerdo a tus necesidades, unas veces con castigos físicos, otras con privaciones, la mayor parte de las veces mediante coacciones, hasta convertirme en una herramienta perfecta para conseguir tus fines. Te estoy agradecido por ello.
Casi me dio pena la triste mirada de aquellos ojos profundos cuando empujé el implacable cincel a abrirse paso entre las costillas de Vincenzo y atravesé su corazón, desgarrándolo hasta dejarlo inerte.
Tu previsión se ha cumplido. Como esperabas cuando me diste la orden, la cotización de sus obras se ha disparado y con ella tu patrimonio. Me has enseñado bien. Tantos años sirviéndote me han llevado a dominar mi arte tanto como él dominaba el suyo. Ya sabes que me gustan estos juegos y que, cuando tengo que poner fin a una vida, me obsesiona encontrar un instrumento que guarde una íntima relación con mi víctima.
Sin embargo, te guardo otra noticia aún mejor. Una empresa farmacéutica, en la que no has invertido, ha cometido un grave error que la conducirá a la quiebra y centuplicará el valor de las acciones de la competencia, que sí posees. Ese lamentable error causará la muerte a numerosos pacientes, involuntarios peones que es necesario sacrificar para alcanzar un bien mayor. Pero con ellos también caerá un rey.
No ha sido casual que hoy, en la única farmacia cercana a la casa de campo en la que te aíslas del mundo, sólo estuviese disponible la insulina de ese laboratorio negligente. Cuando te la has inyectado esta tarde, sin saberlo, has roto ese equilibrio inestable por el que tu cuerpo lleva serpenteando toda tu vida.
En cierto modo, tu previsión se ha cumplido. Como esperabas, tu fortuna se ha multiplicado. Pero algo ha salido mal. Ahora es mi fortuna.
BUCLE
Acabo de confirmarlo. Ahora sé que mi vida está en tus manos y por eso te odio. Quizá debería agradecer que me hayas revelado por fin tu presencia, pero ignoro si lo has hecho de forma consciente o simplemente te ha traicionado ese perverso sentido del humor que seguramente no puedes dominar.
Nunca lo habría sabido de no ser por esta afición que tengo a escribir. Disfruto inventando historias en las que heroicos personajes se enfrentan a situaciones adversas y despliegan todo su ingenio hasta salir airosos. Sin embargo, ya no me puede parecer casual que, cuando encuentran el amor, triunfan profesionalmente o les toca la lotería, mi vida continúe sin cambios, mientras que cualquier desgracia que les sucede a ellos se materializa para mí, tarde o temprano, de forma totalmente real. Ni tampoco que el tiempo que transcurre entre lo que escribo y lo que me ocurre haya ido reduciéndose paulatinamente, de modo que si escribo algo negativo por la mañana puedo tener la certeza de que lo lamentaré esa misma tarde. Así he podido intuir desde hechos intrascendentes, como que un conocido evite saludarme por la calle, hasta la quiebra de la empresa en la que trabajaba, el accidente de autobús en el que casi pierdo la vida, la desaparición de mi perro o el asesinato de mi mejor amigo. Ahora, mi condena a muerte y mi ingreso en la cárcel desde la que escribo estas líneas confirma definitivamente mis sospechas. Me has hecho entender que los avatares de mi vida no han sido fruto de la casualidad o de la mala suerte, sino del cruel empeño de una voluntad tan retorcida que se regocija en sembrar mi existencia de reveses cuidadosamente seleccionados entre los que yo mismo había imaginado para otros.
Tú eres mi autor y yo tu personaje. Pero al escribir este texto, te he convertido en personaje y ahora yo soy tu autor. Y en este preciso instante, lamentablemente, mueres.
Nunca lo habría sabido de no ser por esta afición que tengo a escribir. Disfruto inventando historias en las que heroicos personajes se enfrentan a situaciones adversas y despliegan todo su ingenio hasta salir airosos. Sin embargo, ya no me puede parecer casual que, cuando encuentran el amor, triunfan profesionalmente o les toca la lotería, mi vida continúe sin cambios, mientras que cualquier desgracia que les sucede a ellos se materializa para mí, tarde o temprano, de forma totalmente real. Ni tampoco que el tiempo que transcurre entre lo que escribo y lo que me ocurre haya ido reduciéndose paulatinamente, de modo que si escribo algo negativo por la mañana puedo tener la certeza de que lo lamentaré esa misma tarde. Así he podido intuir desde hechos intrascendentes, como que un conocido evite saludarme por la calle, hasta la quiebra de la empresa en la que trabajaba, el accidente de autobús en el que casi pierdo la vida, la desaparición de mi perro o el asesinato de mi mejor amigo. Ahora, mi condena a muerte y mi ingreso en la cárcel desde la que escribo estas líneas confirma definitivamente mis sospechas. Me has hecho entender que los avatares de mi vida no han sido fruto de la casualidad o de la mala suerte, sino del cruel empeño de una voluntad tan retorcida que se regocija en sembrar mi existencia de reveses cuidadosamente seleccionados entre los que yo mismo había imaginado para otros.
Tú eres mi autor y yo tu personaje. Pero al escribir este texto, te he convertido en personaje y ahora yo soy tu autor. Y en este preciso instante, lamentablemente, mueres.
6023
Parece mentira que en esta sociedad contemporánea, en la que cualquier pensamiento se puede transmitir instantáneamente de una mente a otra, abarcando una riqueza de matices que las palabras nunca podrán conseguir, todavía conservemos el anticuado lenguaje de nuestros ancestros. Igualmente increíble es que algunos nos esforcemos en poner por escrito ideas que para otros resulta difícil incluso verbalizar.
Además, es un esfuerzo estéril puesto que todo ha sido ya escrito. Hace siglos que nadie ha conseguido plantear una idea original, concebir una historia o situación que no haya sido descrita y desarrollada ampliamente por algún autor del pasado.
Por eso, quienes hoy nos dedicamos a escribir, lo hacemos como un vicio privado, para nosotros mismos, sin pretensiones de que alguien lea nuestras obras. Si intento publicar en la base de datos este texto, me responderá que no es original y me mostrará el nombre de quien lo escribió antes. Sin embargo, yo no he copiado su texto. Ni siquiera lo conocía. Entonces, ¿le pertenece a él más que a mí sólo porque lo escribió antes que yo?
Además, es un esfuerzo estéril puesto que todo ha sido ya escrito. Hace siglos que nadie ha conseguido plantear una idea original, concebir una historia o situación que no haya sido descrita y desarrollada ampliamente por algún autor del pasado.
Por eso, quienes hoy nos dedicamos a escribir, lo hacemos como un vicio privado, para nosotros mismos, sin pretensiones de que alguien lea nuestras obras. Si intento publicar en la base de datos este texto, me responderá que no es original y me mostrará el nombre de quien lo escribió antes. Sin embargo, yo no he copiado su texto. Ni siquiera lo conocía. Entonces, ¿le pertenece a él más que a mí sólo porque lo escribió antes que yo?
viernes, 6 de enero de 2017
APOCALIPSIS
Ahora que siento mis corazones detenerse, veo que todo ha sido en vano. De nada me ha servido emprender una huida tan larga y arriesgada que nadie más se atrevió intentarlo.
Nuestra vida transcurre pacíficamente. Pasamos el día descansando, comiendo o simplemente paseando por las zonas del mundo a las que nunca llega luz. Nos gusta ascender por las formaciones tubulares, siguiendo sus caprichosos recorridos y vueltas. Encaramarnos a las gruesas fibras y trepar por las colinas verticales. Descender a las intrincadas cuevas situadas bajo el desierto, cuyos recovecos tan propicios son para el amor. Cuando cae la noche, sentimos que el mundo se expande repentinamente y nos pertenece en su totalidad. En ese momento, los más inquietos salimos al exterior para recorrer cada llanura, valle y montaña, empujados por el deseo tanto de explorar como de asegurar la supervivencia de nuestra comunidad. Cuando encontramos un nuevo círculo de comida, avisamos a los compañeros para que acudan rápidamente a tomar jugosas raciones. Casi a diario, los dioses nos obsequian con nuevas y deliciosas sorpresas que garantizan nuestro sustento. O así era hasta ahora. Nunca sabremos si existe alguna relación entre la extrema generosidad que mostraron la pasada noche y la desgracia del día siguiente.
Debimos huir cuando empezó la inundación. De haberlo hecho mis compañeros seguirían vivos y yo no tendría ahora la certeza de mi próxima muerte. En lugar de eso, nos limitamos a resguardarnos trepando a lugares más altos. A pesar de doblar en edad a la mayoría, o precisamente por eso, propuse que debíamos atravesar el desierto, en pleno día, hasta llegar al borde de la tierra y dar un paso más allá.
Sin embargo, nadie quiso seguirme hasta que ya era demasiado tarde, hasta que la nube tóxica envenenó el aire y nos obligó definitivamente a abandonar nuestro asentamiento. Entonces la huida fue caótica. Unos ascendieron por los grandes tubos tan alto como pudieron. Otros se lanzaron a la llanura, sin rumbo ni plan predeterminado. La mayoría intentó llegar hasta los rincones más ocultos de los subterráneos. Sus esfuerzos fueron inútiles.
Solo yo me adentré en el desierto, con el firme propósito de llegar hasta los confines del mundo conocido y traspasarlos. ¿Para qué? Para terminar perdiendo el control de mis miembros y morir inmóvil, tumbado boca arriba. Mi único consuelo ha sido, a pesar de la parálisis, poder contemplar el cielo más lejano y bello que nadie haya visto antes. Lo último que pude escuchar fueron los sonidos incomprensibles que los dioses intercambiaban entre sí: “He retirado las sobras de la cena de Navidad, he fregado la cocina y he fumigado. Recoge la cucaracha muerta que hay en la puerta.”.
Nuestra vida transcurre pacíficamente. Pasamos el día descansando, comiendo o simplemente paseando por las zonas del mundo a las que nunca llega luz. Nos gusta ascender por las formaciones tubulares, siguiendo sus caprichosos recorridos y vueltas. Encaramarnos a las gruesas fibras y trepar por las colinas verticales. Descender a las intrincadas cuevas situadas bajo el desierto, cuyos recovecos tan propicios son para el amor. Cuando cae la noche, sentimos que el mundo se expande repentinamente y nos pertenece en su totalidad. En ese momento, los más inquietos salimos al exterior para recorrer cada llanura, valle y montaña, empujados por el deseo tanto de explorar como de asegurar la supervivencia de nuestra comunidad. Cuando encontramos un nuevo círculo de comida, avisamos a los compañeros para que acudan rápidamente a tomar jugosas raciones. Casi a diario, los dioses nos obsequian con nuevas y deliciosas sorpresas que garantizan nuestro sustento. O así era hasta ahora. Nunca sabremos si existe alguna relación entre la extrema generosidad que mostraron la pasada noche y la desgracia del día siguiente.
Debimos huir cuando empezó la inundación. De haberlo hecho mis compañeros seguirían vivos y yo no tendría ahora la certeza de mi próxima muerte. En lugar de eso, nos limitamos a resguardarnos trepando a lugares más altos. A pesar de doblar en edad a la mayoría, o precisamente por eso, propuse que debíamos atravesar el desierto, en pleno día, hasta llegar al borde de la tierra y dar un paso más allá.
Sin embargo, nadie quiso seguirme hasta que ya era demasiado tarde, hasta que la nube tóxica envenenó el aire y nos obligó definitivamente a abandonar nuestro asentamiento. Entonces la huida fue caótica. Unos ascendieron por los grandes tubos tan alto como pudieron. Otros se lanzaron a la llanura, sin rumbo ni plan predeterminado. La mayoría intentó llegar hasta los rincones más ocultos de los subterráneos. Sus esfuerzos fueron inútiles.
Solo yo me adentré en el desierto, con el firme propósito de llegar hasta los confines del mundo conocido y traspasarlos. ¿Para qué? Para terminar perdiendo el control de mis miembros y morir inmóvil, tumbado boca arriba. Mi único consuelo ha sido, a pesar de la parálisis, poder contemplar el cielo más lejano y bello que nadie haya visto antes. Lo último que pude escuchar fueron los sonidos incomprensibles que los dioses intercambiaban entre sí: “He retirado las sobras de la cena de Navidad, he fregado la cocina y he fumigado. Recoge la cucaracha muerta que hay en la puerta.”.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
CONCURSO
En CHORIBERIA, es nuestro compromiso con la cultura, y con el chorizo ibérico, el que nos impulsa a convocar un año más nuestro prestigioso Concurso Literario sujeto a unas sencillas normas: los textos deberán ser publicados en una red social durante la próxima semana con el hashtag #YoSoyMásDeChorizo y tendrán una extensión de cuatro a diez palabras, debiendo aparecer entre ellas CHORIZO un mínimo de 3 veces.
A cambio del suculento premio de un paquete de 200 gramos de nuestro exclusivo Chorizo Premium, los autores renunciarán a todos los derechos sobre el texto que presenten, así como también sobre cualquier otro que puedan escribir a lo largo de sus descoloridas vidas.
Desde su fundación, CHORIBERIA ha mantenido la voluntad de alcanzar la excelencia en la producción del más exquisito chorizo. Esto nos ha llevado a seleccionar los mejores ejemplares de cerdo de nuestras granjas exclusivamente para la producción de nuestras variedades más apreciadas, entre las que se incluyen el chorizo de lomo y el chorizo de jamón. Sin embargo, nunca olvidamos que nuestra verdadera vocación es el fomento de la cultura en nuestra sociedad como medio para construir un mundo mejor.
A continuación, reproducimos el texto ganador del año pasado:
Chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo.
A cambio del suculento premio de un paquete de 200 gramos de nuestro exclusivo Chorizo Premium, los autores renunciarán a todos los derechos sobre el texto que presenten, así como también sobre cualquier otro que puedan escribir a lo largo de sus descoloridas vidas.
Desde su fundación, CHORIBERIA ha mantenido la voluntad de alcanzar la excelencia en la producción del más exquisito chorizo. Esto nos ha llevado a seleccionar los mejores ejemplares de cerdo de nuestras granjas exclusivamente para la producción de nuestras variedades más apreciadas, entre las que se incluyen el chorizo de lomo y el chorizo de jamón. Sin embargo, nunca olvidamos que nuestra verdadera vocación es el fomento de la cultura en nuestra sociedad como medio para construir un mundo mejor.
A continuación, reproducimos el texto ganador del año pasado:
Chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo.
lunes, 19 de diciembre de 2016
PLEGARIA
Estaba convencido de que esta vez su ofrenda produciría el resultado esperado. Había trabajado incansablemente para crear una obra realmente extraordinaria. Digna de hacer palidecer a todas las anteriores. Capaz de conmover a sus antepasados en tal grado que se viesen obligados a concederle el don que tantas veces les había implorado y que la medicina tozudamente le seguía negando. El imponente dragón multicolor, que había construido usando las más delicadas láminas de papel de seda perfumado, estaba por fin terminado. Se había esmerado en imprimir al conjunto una actitud respetuosa, que se reflejaba en la posición de la cabeza y el cuello con respecto al majestuoso cuerpo, formado por la unión de centenares de diminutas escamas. Siguiendo la misma idea, había dispuesto las alas, la larga cola y las patas cuidadosamente replegadas, esbozando una tímida reverencia, para conseguir la mezcla que buscaba de belleza, fuerza y sumisión.
Al llegar al templo, depositó la figura en una bandeja metálica, delante del pequeño altar. Se arrodilló y, tras permanecer inmóvil un instante, encendió una larga cerilla que acercó pausada y ceremoniosamente al papel; cuando éste prendió, contuvo la respiración durante el breve tiempo en que las llamas se extendieron, devoraron ávidamente su creación y se extinguieron, dejando en el ambiente un exquisito aroma a lavanda, canela y vainilla. Un leve rastro de cenizas, apenas perceptible, era el único testimonio de que algo, quizá grande y hermoso, había ocupado la bandeja un momento antes.
Esperó en silencio, con los ojos cerrados, explorando con la mente cada fracción de su piel como un halcón que sobrevolase aquellas dolorosas llanuras, densamente tapizadas de indeseados arbustos amarillentos. No había cambios. Allí seguían las horribles verrugas que torturaban sus miembros, su tronco y su rostro desde que tenía memoria. De nuevo, sus ancestros no se apiadaban de él. Le ignoraban. Se negaban a liberarle de su pesada e injusta maldición.
Súbitamente, el dolor de fondo cesó por completo. Sorprendido, pudo ver desde arriba su propio cuerpo. De rodillas primero. Cayendo sobre un costado después. Al levantar la vista, se vio rodeado por los desdibujados rostros de aquellos a quienes dirigía sus oraciones, mientras una tenue voz le susurraba: “Tranquilo, ya estás con nosotros”.
Al llegar al templo, depositó la figura en una bandeja metálica, delante del pequeño altar. Se arrodilló y, tras permanecer inmóvil un instante, encendió una larga cerilla que acercó pausada y ceremoniosamente al papel; cuando éste prendió, contuvo la respiración durante el breve tiempo en que las llamas se extendieron, devoraron ávidamente su creación y se extinguieron, dejando en el ambiente un exquisito aroma a lavanda, canela y vainilla. Un leve rastro de cenizas, apenas perceptible, era el único testimonio de que algo, quizá grande y hermoso, había ocupado la bandeja un momento antes.
Esperó en silencio, con los ojos cerrados, explorando con la mente cada fracción de su piel como un halcón que sobrevolase aquellas dolorosas llanuras, densamente tapizadas de indeseados arbustos amarillentos. No había cambios. Allí seguían las horribles verrugas que torturaban sus miembros, su tronco y su rostro desde que tenía memoria. De nuevo, sus ancestros no se apiadaban de él. Le ignoraban. Se negaban a liberarle de su pesada e injusta maldición.
Súbitamente, el dolor de fondo cesó por completo. Sorprendido, pudo ver desde arriba su propio cuerpo. De rodillas primero. Cayendo sobre un costado después. Al levantar la vista, se vio rodeado por los desdibujados rostros de aquellos a quienes dirigía sus oraciones, mientras una tenue voz le susurraba: “Tranquilo, ya estás con nosotros”.
CARTA A DON TOMÁS
Recordado Don Tomás,
Mi infancia no fue feliz. Tuve como padres a las personas más cariñosas que alguien pueda desear y nada era para ellos más importante que yo. En todo caso, podía serlo mi educación. Sin embargo, tan pronto traspasaba los protectores límites de mi hogar, el mundo se transformaba en un lugar hostil que yo no comprendía, que carecía de sentido absolutamente, plagado de seres cuyo comportamiento no dejaba de sorprenderme de las formas más desagradables e injustificadas.
Mis primeros recuerdos se sitúan en su escuela, aquella antigua capilla que estaba en la misma acera que mi casa, al final de la calle. Como sacerdote, Ud. se ganó la confianza de varios vecinos del pueblo, consiguiendo reunir a un conjunto heterogéneo de alumnos de todos los niveles educativos. Recordará que nos mandaba sentar en los bancos de la iglesia mirando hacia el altar mayor, desde donde Ud., siempre orgulloso, impartía las clases ataviado con su raída sotana negra. A diferencia de mis compañeros, que parecían estar allí para pegarse unos con otros y para someternos a los más pequeños a todo tipo de humillaciones y amenazas, mi único salvavidas era el goce que me producía aprender lo que escuchaba durante sus clases.
Recuerdo que Ud. a veces comenzaba a hacer preguntas por el lado izquierdo, donde se sentaban los mayores, a modo de concurso. Cuando alguien acertaba, ganaba la primera posición mientras el resto desplazábamos nuestras nalgas hacia la derecha sobre la desgastada madera de los bancos. Los de primaria siempre ocupábamos las últimas posiciones y nuestras posibilidades de contestar eran escasas, pero aquél día en que ningún otro supo la respuesta y conseguí el primer puesto, por delante de los alumnos de bachillerato, lo viví como un triunfo y es lo único de aquella etapa que recuerdo con agrado.
El resto de secuencias confusas que consigo evocar tiene siempre el tinte de la intimidación por parte de los compañeros durante los recreos en aquella celda sin techo que llamábamos patio, del maloliente cubículo que hacía las veces de aseo o del dolor físico cuando Ud. nos levantaba del suelo, agarrándonos de una oreja para interrogarnos sobre alguna travesura. Tampoco habrá olvidado lo que disfrutaba cuando nos ponía a todos en linea mirando hacia el altar y nos hacía extender las manos a los lados con las palmas hacia arriba, de modo que las mías quedaban expuestas delante de los compañeros que me flanqueaban, mientras que delante de mí se situaban la palma derecha del que estaba a mi izquierda y la izquierda del que estaba a mi derecha. Recuerdo cómo inspeccionaba Ud. esta estructura, corrigiendo la posición de las manos que estaban demasiado altas o bajas, persiguiendo minuciosamente la linealidad del conjunto. Y cómo, a continuación, con su regla de madera iba repartiendo sonoros palmetazos a lo largo de esta temblorosa cadena de manitas infantiles, algunas adolescentes, que quedaban rojas y doloridas durante el resto del día.
Todavía hoy puedo mirarme la mano y sentir el impacto no sólo del golpe sino también de la impotencia ante aquellos castigos injustos y con frecuencia aleatorios, que sin embargo eran generosamente respaldados por nuestros padres como herramienta efectiva para nuestra formación.
Ignoro si en años posteriores Ud. llegó a arrepentirse de algunas de aquellas acciones, o siquiera a cuestionarlas. Supongo que no. Tampoco me importa y no es lo que pretendo redactando esta carta que no le enviaría aunque pudiese. Mi único objetivo es extraer de la memoria aquella lejana parcela para ser capaz de ponerla por escrito y relegarla por fin a la posición que merece: el olvido.
Atentamente,
Mi infancia no fue feliz. Tuve como padres a las personas más cariñosas que alguien pueda desear y nada era para ellos más importante que yo. En todo caso, podía serlo mi educación. Sin embargo, tan pronto traspasaba los protectores límites de mi hogar, el mundo se transformaba en un lugar hostil que yo no comprendía, que carecía de sentido absolutamente, plagado de seres cuyo comportamiento no dejaba de sorprenderme de las formas más desagradables e injustificadas.
Mis primeros recuerdos se sitúan en su escuela, aquella antigua capilla que estaba en la misma acera que mi casa, al final de la calle. Como sacerdote, Ud. se ganó la confianza de varios vecinos del pueblo, consiguiendo reunir a un conjunto heterogéneo de alumnos de todos los niveles educativos. Recordará que nos mandaba sentar en los bancos de la iglesia mirando hacia el altar mayor, desde donde Ud., siempre orgulloso, impartía las clases ataviado con su raída sotana negra. A diferencia de mis compañeros, que parecían estar allí para pegarse unos con otros y para someternos a los más pequeños a todo tipo de humillaciones y amenazas, mi único salvavidas era el goce que me producía aprender lo que escuchaba durante sus clases.
Recuerdo que Ud. a veces comenzaba a hacer preguntas por el lado izquierdo, donde se sentaban los mayores, a modo de concurso. Cuando alguien acertaba, ganaba la primera posición mientras el resto desplazábamos nuestras nalgas hacia la derecha sobre la desgastada madera de los bancos. Los de primaria siempre ocupábamos las últimas posiciones y nuestras posibilidades de contestar eran escasas, pero aquél día en que ningún otro supo la respuesta y conseguí el primer puesto, por delante de los alumnos de bachillerato, lo viví como un triunfo y es lo único de aquella etapa que recuerdo con agrado.
El resto de secuencias confusas que consigo evocar tiene siempre el tinte de la intimidación por parte de los compañeros durante los recreos en aquella celda sin techo que llamábamos patio, del maloliente cubículo que hacía las veces de aseo o del dolor físico cuando Ud. nos levantaba del suelo, agarrándonos de una oreja para interrogarnos sobre alguna travesura. Tampoco habrá olvidado lo que disfrutaba cuando nos ponía a todos en linea mirando hacia el altar y nos hacía extender las manos a los lados con las palmas hacia arriba, de modo que las mías quedaban expuestas delante de los compañeros que me flanqueaban, mientras que delante de mí se situaban la palma derecha del que estaba a mi izquierda y la izquierda del que estaba a mi derecha. Recuerdo cómo inspeccionaba Ud. esta estructura, corrigiendo la posición de las manos que estaban demasiado altas o bajas, persiguiendo minuciosamente la linealidad del conjunto. Y cómo, a continuación, con su regla de madera iba repartiendo sonoros palmetazos a lo largo de esta temblorosa cadena de manitas infantiles, algunas adolescentes, que quedaban rojas y doloridas durante el resto del día.
Todavía hoy puedo mirarme la mano y sentir el impacto no sólo del golpe sino también de la impotencia ante aquellos castigos injustos y con frecuencia aleatorios, que sin embargo eran generosamente respaldados por nuestros padres como herramienta efectiva para nuestra formación.
Ignoro si en años posteriores Ud. llegó a arrepentirse de algunas de aquellas acciones, o siquiera a cuestionarlas. Supongo que no. Tampoco me importa y no es lo que pretendo redactando esta carta que no le enviaría aunque pudiese. Mi único objetivo es extraer de la memoria aquella lejana parcela para ser capaz de ponerla por escrito y relegarla por fin a la posición que merece: el olvido.
Atentamente,
Guillermo J. Caamaño
miércoles, 2 de noviembre de 2016
EL INCIDENTE DE LA LECTURA 16
Dolor. Entumecimiento. Rigidez. Silencio. Oscuridad. Empiezo a recordar y sé que es importante. Algo me dice que debo activar mis recuerdos cuanto antes, que ellos me llevarán de vuelta a la vida. Recuerdo mi despacho de la Facultad, la mesa desordenada cubierta de libros y dispositivos conectados unos con otros. Recuerdo que Rosa, mi joven ayudante, entró a preguntar si estaba preparado. Al parecer no lo estaba porque, después de haber repetido el proceso más de una decena de veces, me invadió una espesa pereza al tener que empezar todo otra vez, vencido por la sensación de fracaso continuado. Es cierto que hemos avanzado, que cada prueba ha servido para eliminar errores de cara a la siguiente, pero hace ya mucho que me siento agotado, que de verdad necesito pasar a la siguiente fase del proyecto.
Al principio era algo ilusionante. Formar un equipo con los mejores y disponer de los fondos necesarios. No se puede pedir más. Incluso me permití contratar a Luna simplemente para tenerla cerca, para evitar que me abandonase cuando el trabajo ocupase casi todas mis horas de vigilia. Resultaba divertido que, antes de cada lectura, fuese ella quien eliminase de mi cuerpo todo rastro de vello y me fijase a la piel, minuciosamente, los centenares de electrodos. Pasar de la desnudez más absoluta a lucir ese traje de sensores y cables no era tan aburrido las primeras veces. Durante los últimos cuatro años, he pasado por esto mas o menos una vez cada tres meses, el tiempo necesario para analizar los datos y darlos por válidos. O no, porque hasta la fecha no hemos conseguido una sola lectura que sea digna de ser subida al flamante servidor que la espera con ansia, mimado por una corte de técnicos que lo mantienen actualizado con los últimos avances para evitar que, cuando efectivamente tenga que ponerse en marcha a toda potencia, se haya convertido en un cachivache obsoleto.
Ayer no fue Luna quien me vistió. Hace casi un año que nos abandonó a mí y al proyecto. Sentiría profundamente su marcha si tuviese tiempo para pensarlo, pero no es el caso. Seguramente pasará todavía mucho antes de que empiece a echarla realmente de menos. Ahora Rosa se ocupa, entre otras, de esta tarea. La primera vez resultó un poco incómodo para ambos, pero ahora es simplemente algo rutinario.
Mis pensamientos se van volviendo más claros. En pocos minutos volveré a ser yo. La cadencia siempre es la misma. Paulatinamente voy recuperando la consciencia, el oído y la vista, ya que la lectura se realiza con los ojos abiertos. Finalmente, vuelvo a tener el dominio de mis músculos. Es la mejor parte. Salir de este sopor que me aplasta contra la camilla y tomar un vaso de zumo bien frío, que me despeja con más eficacia que el mejor de los cafés, ansioso por empezar a analizar los resultados.
Oigo la voz de Rosa, pero llega a mí a través de un interfono, porque presenta ese tinte metálico característico de los altavoces de escasa calidad. Está pidiendo a alguien que acuda a la sala del servidor. Mientras tanto, aquí sigo, tumbado en la habitación blanca del sótano, sin poder hacer nada salvo esperar y recordar.
Creemos que los recuerdos son importantes porque nuestras pruebas con gatos y chimpancés fueron desastrosas. Nunca conseguimos que el servidor funcionase con sus lecturas más allá de unos pocos minutos. El equipo de técnicos llegó a la conclusión de que sus mentes colapsaban en el momento de despertar, abrumadas por una situación que no eran capaces de abordar.
Por eso decidimos intentarlo en humanos y, dado el volumen de programas y equipamiento que debían configurarse a medida, tenía que ser un sujeto cuyo compromiso con el proyecto estuviese fuera de toda duda.
De modo que aquí estoy, despertando de la decimosexta lectura de mi sistema nervioso al completo, desanimado por la convicción de que, como las veces anteriores, contendrá tantos errores que habrá que rechazarla y tendremos que volver a empezar en tres meses.
Parece que ya voy recuperando la vista. En lugar del techo de la habitación blanca, la imagen que se va formando ante mí es de una sala similar a la del servidor. Su panel de control es mucho más avanzado que el nuestro y sus indicadores evidencian que se encuentra trabajando a pleno rendimiento. De perfil, una mujer madura fija la mirada en una de las pantallas. Se parece vagamente a Rosa. Mi padre entra en la habitación y la mujer le acerca un micrófono: “¿Cómo te encuentras?”. Ver a mi padre me tranquiliza, aunque su presencia sólo puede indicar que algo ha ido mal. Me doy cuenta de que en la habitación blanca, o donde quiera que me encuentre, me han colocado un monitor delante de los ojos y un interfono al lado para hablar conmigo. ¿Me habrán trasladado a un hospital? “Estoy bien, pero me gustaría saber qué me ha pasado. Sé que no te interesa mucho mi trabajo, pero me estaba sometiendo a un proceso para crear una réplica de mi mente en un servidor”. Mi propia voz tiene el mismo tinte metálico. El anciano a quien había confundido con mi padre responde: “No disimules, sabes perfectamente que la réplica eres tú”.
Al principio era algo ilusionante. Formar un equipo con los mejores y disponer de los fondos necesarios. No se puede pedir más. Incluso me permití contratar a Luna simplemente para tenerla cerca, para evitar que me abandonase cuando el trabajo ocupase casi todas mis horas de vigilia. Resultaba divertido que, antes de cada lectura, fuese ella quien eliminase de mi cuerpo todo rastro de vello y me fijase a la piel, minuciosamente, los centenares de electrodos. Pasar de la desnudez más absoluta a lucir ese traje de sensores y cables no era tan aburrido las primeras veces. Durante los últimos cuatro años, he pasado por esto mas o menos una vez cada tres meses, el tiempo necesario para analizar los datos y darlos por válidos. O no, porque hasta la fecha no hemos conseguido una sola lectura que sea digna de ser subida al flamante servidor que la espera con ansia, mimado por una corte de técnicos que lo mantienen actualizado con los últimos avances para evitar que, cuando efectivamente tenga que ponerse en marcha a toda potencia, se haya convertido en un cachivache obsoleto.
Ayer no fue Luna quien me vistió. Hace casi un año que nos abandonó a mí y al proyecto. Sentiría profundamente su marcha si tuviese tiempo para pensarlo, pero no es el caso. Seguramente pasará todavía mucho antes de que empiece a echarla realmente de menos. Ahora Rosa se ocupa, entre otras, de esta tarea. La primera vez resultó un poco incómodo para ambos, pero ahora es simplemente algo rutinario.
Mis pensamientos se van volviendo más claros. En pocos minutos volveré a ser yo. La cadencia siempre es la misma. Paulatinamente voy recuperando la consciencia, el oído y la vista, ya que la lectura se realiza con los ojos abiertos. Finalmente, vuelvo a tener el dominio de mis músculos. Es la mejor parte. Salir de este sopor que me aplasta contra la camilla y tomar un vaso de zumo bien frío, que me despeja con más eficacia que el mejor de los cafés, ansioso por empezar a analizar los resultados.
Oigo la voz de Rosa, pero llega a mí a través de un interfono, porque presenta ese tinte metálico característico de los altavoces de escasa calidad. Está pidiendo a alguien que acuda a la sala del servidor. Mientras tanto, aquí sigo, tumbado en la habitación blanca del sótano, sin poder hacer nada salvo esperar y recordar.
Creemos que los recuerdos son importantes porque nuestras pruebas con gatos y chimpancés fueron desastrosas. Nunca conseguimos que el servidor funcionase con sus lecturas más allá de unos pocos minutos. El equipo de técnicos llegó a la conclusión de que sus mentes colapsaban en el momento de despertar, abrumadas por una situación que no eran capaces de abordar.
Por eso decidimos intentarlo en humanos y, dado el volumen de programas y equipamiento que debían configurarse a medida, tenía que ser un sujeto cuyo compromiso con el proyecto estuviese fuera de toda duda.
De modo que aquí estoy, despertando de la decimosexta lectura de mi sistema nervioso al completo, desanimado por la convicción de que, como las veces anteriores, contendrá tantos errores que habrá que rechazarla y tendremos que volver a empezar en tres meses.
Parece que ya voy recuperando la vista. En lugar del techo de la habitación blanca, la imagen que se va formando ante mí es de una sala similar a la del servidor. Su panel de control es mucho más avanzado que el nuestro y sus indicadores evidencian que se encuentra trabajando a pleno rendimiento. De perfil, una mujer madura fija la mirada en una de las pantallas. Se parece vagamente a Rosa. Mi padre entra en la habitación y la mujer le acerca un micrófono: “¿Cómo te encuentras?”. Ver a mi padre me tranquiliza, aunque su presencia sólo puede indicar que algo ha ido mal. Me doy cuenta de que en la habitación blanca, o donde quiera que me encuentre, me han colocado un monitor delante de los ojos y un interfono al lado para hablar conmigo. ¿Me habrán trasladado a un hospital? “Estoy bien, pero me gustaría saber qué me ha pasado. Sé que no te interesa mucho mi trabajo, pero me estaba sometiendo a un proceso para crear una réplica de mi mente en un servidor”. Mi propia voz tiene el mismo tinte metálico. El anciano a quien había confundido con mi padre responde: “No disimules, sabes perfectamente que la réplica eres tú”.
FIGURA LITERARIA
Pasó largo rato dudando, cambiando de sitio los objetos y, sobretodo, desechando algunos de los trabajos más antiguos para hacer sitio a la nueva pieza. No era tanto una necesidad como un juego, una forma de finalizar y dar sentido a ese día, tan igual a tantos otros, que le había dejado una huella particular.
Aquella tarde había acudido como de costumbre al taller de manualidades. Siempre afrontaba el camino con la ilusión que despertaba en su mente, ajada por la vida y por el tiempo, la certeza de que el profesor habría preparado para ellas una nueva y maravillosa ocupación que le haría olvidar los cotidianos desvelos y le transportaría, mágicamente, a una infancia donde la responsabilidad aún no se había convertido en un peso y la alegría de todo nuevo descubrimiento flanqueaba cada uno de sus pasos.
Al llegar, percibió el olor dulzón de la cola blanca y ese ligero aroma a serrín que inundaba habitualmente el taller. Esparcidos sobre la mesa de trabajo había un montón de periódicos, catálogos y revistas. Las compañeras estaban ya sentadas y se afanaban en elegir la página que mejor serviría a sus propósitos. “Hoy haremos papiroflexia”, dijo el profesor dirigiéndose a la recién llegada, mientras trazaba en la pizarra una serie de rombos unidos por líneas de puntos.
Con diligencia, colgó el abrigo en el perchero y se sentó en la silla de siempre, cerca de la puerta, para salir la primera al terminar la clase. “Esta mañana he visto a tu nieta. Iba en la moto con el novio ese que tiene ahora”, dijo una mujer a su lado. Ignoró el comentario de su vecina de asiento, a quien conocía desde muchos años atrás, cuando ninguna de ellas tenía edad para pensar en algo que no fuera acudir al baile o reír sin motivo. Aunque no era consciente de ello, ambas habían seguido vidas paralelas, casadas demasiado pronto con hombres que las cargaron de demasiados hijos para, acto seguido, morir demasiado jóvenes.
Entre el revoltijo de la mesa, llamó su atención lo que parecía ser una antigua revista literaria llamada Nefelibata, desde cuya portada un ser mitológico la miraba fijamente. En ese instante sintió una extraña atracción hacia aquellas páginas, aunque sólo duró unos pocos segundos, ya que otra de las compañeras arrancó, sin miramientos, casi todo el contenido. Cogió lo que quedaba de la revista, abierta por una página titulada “Poema”. Lo leyó con interés y supo reconocer su belleza, aunque no fue capaz de dilucidar si trataba de amor o de desamor. Sintió que, ya que aquel ejemplar de la revista no iba a durar mucho, sería bonito que ese poema tuviera todavía un poco más de vida, convertido en una figura de papel sobre algún mueble de su dormitorio.
Estuvo atenta a las explicaciones y, con paciencia y esmero, fue realizando los dobleces pertinentes. Primero amplios y sencillos. Luego más intrincados, poniendo a prueba la habilidad de unos dedos que la artritis luchaba por inmovilizar. Sin duda, esa dificultad contribuyó decisivamente a fortalecer la conexión emocional que había establecido con su pequeña obra.
En el camino de vuelta, sólo acompañada por el sonido de sus pasos sobre el empedrado, se veía a sí misma como la desconocida heroína que había salvado del olvido apenas una pequeña mota de historia y, con ella, la memoria pasada de personas a las que no había conocido pero admiraba sin saber porqué.
Ya en el dormitorio, al finalizar el ritual de la colocación, se sintió orgullosa de haber conseguido que aquello, que seguramente había comenzado como la noche de insomnio de un aspirante a poeta y se había prolongado en la aventura editorial de un grupo de locos, acabase convertido en un majestuoso cóndor de papel. Listo para una nueva existencia. Inmóvil sobre el cristal de una cómoda pero, como todos aquellos que participaron en su creación, soñando con sobrevolar las nubes.
Aquella tarde había acudido como de costumbre al taller de manualidades. Siempre afrontaba el camino con la ilusión que despertaba en su mente, ajada por la vida y por el tiempo, la certeza de que el profesor habría preparado para ellas una nueva y maravillosa ocupación que le haría olvidar los cotidianos desvelos y le transportaría, mágicamente, a una infancia donde la responsabilidad aún no se había convertido en un peso y la alegría de todo nuevo descubrimiento flanqueaba cada uno de sus pasos.
Al llegar, percibió el olor dulzón de la cola blanca y ese ligero aroma a serrín que inundaba habitualmente el taller. Esparcidos sobre la mesa de trabajo había un montón de periódicos, catálogos y revistas. Las compañeras estaban ya sentadas y se afanaban en elegir la página que mejor serviría a sus propósitos. “Hoy haremos papiroflexia”, dijo el profesor dirigiéndose a la recién llegada, mientras trazaba en la pizarra una serie de rombos unidos por líneas de puntos.
Con diligencia, colgó el abrigo en el perchero y se sentó en la silla de siempre, cerca de la puerta, para salir la primera al terminar la clase. “Esta mañana he visto a tu nieta. Iba en la moto con el novio ese que tiene ahora”, dijo una mujer a su lado. Ignoró el comentario de su vecina de asiento, a quien conocía desde muchos años atrás, cuando ninguna de ellas tenía edad para pensar en algo que no fuera acudir al baile o reír sin motivo. Aunque no era consciente de ello, ambas habían seguido vidas paralelas, casadas demasiado pronto con hombres que las cargaron de demasiados hijos para, acto seguido, morir demasiado jóvenes.
Entre el revoltijo de la mesa, llamó su atención lo que parecía ser una antigua revista literaria llamada Nefelibata, desde cuya portada un ser mitológico la miraba fijamente. En ese instante sintió una extraña atracción hacia aquellas páginas, aunque sólo duró unos pocos segundos, ya que otra de las compañeras arrancó, sin miramientos, casi todo el contenido. Cogió lo que quedaba de la revista, abierta por una página titulada “Poema”. Lo leyó con interés y supo reconocer su belleza, aunque no fue capaz de dilucidar si trataba de amor o de desamor. Sintió que, ya que aquel ejemplar de la revista no iba a durar mucho, sería bonito que ese poema tuviera todavía un poco más de vida, convertido en una figura de papel sobre algún mueble de su dormitorio.
Estuvo atenta a las explicaciones y, con paciencia y esmero, fue realizando los dobleces pertinentes. Primero amplios y sencillos. Luego más intrincados, poniendo a prueba la habilidad de unos dedos que la artritis luchaba por inmovilizar. Sin duda, esa dificultad contribuyó decisivamente a fortalecer la conexión emocional que había establecido con su pequeña obra.
En el camino de vuelta, sólo acompañada por el sonido de sus pasos sobre el empedrado, se veía a sí misma como la desconocida heroína que había salvado del olvido apenas una pequeña mota de historia y, con ella, la memoria pasada de personas a las que no había conocido pero admiraba sin saber porqué.
Ya en el dormitorio, al finalizar el ritual de la colocación, se sintió orgullosa de haber conseguido que aquello, que seguramente había comenzado como la noche de insomnio de un aspirante a poeta y se había prolongado en la aventura editorial de un grupo de locos, acabase convertido en un majestuoso cóndor de papel. Listo para una nueva existencia. Inmóvil sobre el cristal de una cómoda pero, como todos aquellos que participaron en su creación, soñando con sobrevolar las nubes.
ANCESTRAL
Ellas creen que no existimos, que somos un simple estereotipo del pasado que justifica los ridículos trajes con los que se disfrazan cada año durante la última noche de octubre. Desconocen el papel que jugamos en sus atribuladas vidas, distraídas en una interminable cadena de asuntos que oscilan entre los que son tan absorbentes como intrascendentes y los que resultan tan amargos y vergonzosos que no se atreven a compartir con nadie.
No sospechan que ayer por la tarde, al volver de la papelería, me puse mis guantes de látex para extraer cuidadosamente tres sobres y tres cuartillas de sus correspondientes paquetes envueltos en celofán. Los elegí de la parte intermedia, de modo que hubiesen estado protegidos, minimizando la posibilidad de que presentasen cualquier marca o doblez. Mediante los tipos móviles de goma que también había comprado, compuse la frase que llevaba semanas rumiando en mi mente y, utilizando la ancestral tinta malva cuya elaboración aprendí de mi madre, imprimí la frase con suavidad en el centro de cada cuartilla. Repetí el proceso con los nombres de mis víctimas, estampando uno en cada sobre, pero usando esta vez tinta corriente.
Ellas no saben que cuando comencé el turno vestida con mi bata verde, nada fue inusual. Con la misma diligencia de cualquier otra noche, empujé mi carrito por las oficinas y, con idéntica dedicación, fui pulverizando ventanas, sillas y mesas con el spray de aroma a menta y limón, al tiempo que frotaba contra ellas mi bayeta con simulado entusiasmo. Tampoco la trayectoria de mi fregona sufrió alteración alguna, ejecutando el repetido ritual de cada noche con meditada perfección. Realicé el mismo recorrido sistemático, empezando por la parte superior y descendiendo planta por planta hasta llegar abajo cuando la luz del único dios que reconozco pugnaba por abrirse paso entre las moles de vidrio y hormigón que rodean a la mole de vidrio y hormigón en la que trabajamos. Cuando se produjo el relevo de los vigilantes del control de entrada, nadie había notado, ni siquiera las cámaras, que en tres de los despachos más altos había un sobre que antes no estaba allí.
Ahora, ninguna encuentra explicación al hecho de que sus jefes, los mismos que esta mañana han entrado puntuales y con paso firme en sus despachos mientras daban órdenes que no debían ser cuestionadas, se hayan arrojado minutos más tarde desde sus imponentes ventanales sin mediar palabra alguna, ignorantes de que, antes de que sus cráneos se quebrasen contra el suelo, las hojas de papel que acababan de leer habrían recuperado un blanco virginal.
Jefes que llevaban años aprovechándose de esas mujeres, a las que habían sometido porque no podían permitirse el lujo de perder el trabajo, de no pagar la hipoteca, de exponerse a un desahucio. Mujeres incapaces de reconocer ante sus hijos, o frente a un juez, los humillantes actos que habían cometido.
Como resulta frecuente en personas de su posición, ellos sabían que la herramienta más poderosa que se puede usar contra un ser humano es el miedo. Como todas las de mi condición, yo también lo sé.
No sospechan que ayer por la tarde, al volver de la papelería, me puse mis guantes de látex para extraer cuidadosamente tres sobres y tres cuartillas de sus correspondientes paquetes envueltos en celofán. Los elegí de la parte intermedia, de modo que hubiesen estado protegidos, minimizando la posibilidad de que presentasen cualquier marca o doblez. Mediante los tipos móviles de goma que también había comprado, compuse la frase que llevaba semanas rumiando en mi mente y, utilizando la ancestral tinta malva cuya elaboración aprendí de mi madre, imprimí la frase con suavidad en el centro de cada cuartilla. Repetí el proceso con los nombres de mis víctimas, estampando uno en cada sobre, pero usando esta vez tinta corriente.
Ellas no saben que cuando comencé el turno vestida con mi bata verde, nada fue inusual. Con la misma diligencia de cualquier otra noche, empujé mi carrito por las oficinas y, con idéntica dedicación, fui pulverizando ventanas, sillas y mesas con el spray de aroma a menta y limón, al tiempo que frotaba contra ellas mi bayeta con simulado entusiasmo. Tampoco la trayectoria de mi fregona sufrió alteración alguna, ejecutando el repetido ritual de cada noche con meditada perfección. Realicé el mismo recorrido sistemático, empezando por la parte superior y descendiendo planta por planta hasta llegar abajo cuando la luz del único dios que reconozco pugnaba por abrirse paso entre las moles de vidrio y hormigón que rodean a la mole de vidrio y hormigón en la que trabajamos. Cuando se produjo el relevo de los vigilantes del control de entrada, nadie había notado, ni siquiera las cámaras, que en tres de los despachos más altos había un sobre que antes no estaba allí.
Ahora, ninguna encuentra explicación al hecho de que sus jefes, los mismos que esta mañana han entrado puntuales y con paso firme en sus despachos mientras daban órdenes que no debían ser cuestionadas, se hayan arrojado minutos más tarde desde sus imponentes ventanales sin mediar palabra alguna, ignorantes de que, antes de que sus cráneos se quebrasen contra el suelo, las hojas de papel que acababan de leer habrían recuperado un blanco virginal.
Jefes que llevaban años aprovechándose de esas mujeres, a las que habían sometido porque no podían permitirse el lujo de perder el trabajo, de no pagar la hipoteca, de exponerse a un desahucio. Mujeres incapaces de reconocer ante sus hijos, o frente a un juez, los humillantes actos que habían cometido.
Como resulta frecuente en personas de su posición, ellos sabían que la herramienta más poderosa que se puede usar contra un ser humano es el miedo. Como todas las de mi condición, yo también lo sé.
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