- Julio Verne: mi escritor favorito hasta los 12 años
- Robur el Conquistador (1886): aventuras en helicóptero, diez años antes del nacimiento de De La Cierva.
- H.G. Wells:
- La máquina del tiempo (1895): una hipótesis sobre la evolución futura de la humanidad.
- La isla del Doctor Moreau (1896): ¿se puede regalar la inteligencia?
- La guerra de los mundos (1898): a los que entendáis inglés, os recomiendo escuchar la versión radiofónica de Orson Welles (1938). Estremecedora.
- Stanislaw Lem:
- Diarios de las estrellas. Viajes (1971): paradojas y avances tecnológicos llevados al absurdo con un humor hilarante.
- Diarios de las estrellas. Viajes y Memorias (1971): continuación.
- Congreso de futurología (1971): similar.
- Adolfo Bioy Casares:
- La invención de Morel (1940): gustará especialmente a los amantes de la serie "Perdidos". Obligatorio leer el prólogo de Borges.
- Arthur C. Clarke:
- El león de Comarre (1948): si pudieses satisfacer instantáneamente todos tus deseos...
- Cita con Rama (1973): un asteroide va a pasar cerca del sol, pero quizá no sea una roca.
- 2001 Una Odisea Espacial (1968): el final de la novela es mucho más esclarecedor que el de la película.
- Isaac Asimov:
- Yo robot (1950): en esta antología de relatos Asimov inventa las 3 leyes de la robótica y luego se dedica a idear situaciones que las pongan al límite.
- Fundación (1951), Fundación e Imperio (1952), Segunda Fundación (1953): la trilogía original donde la psicohistoria aprende a predecir el futuro.
- El universo (1971): ensayo sobre el estado de la cosmología a finales de los 60. Apasionante.
- Los propios dioses (1972): especialmente fascinante la segunda de sus tres partes.
- Ray Bradbury:
- El hombre ilustrado (1951): un hombre tatuado...
- Fahrenheit 451 (1953): si habéis visto la película de Truffaut, ya sabéis de qué va.
- Frederik Pohl:
- Homo Plus (1976): los grandes proyectos (llevar un hombre a Marte) requieren grandes impulsos...
- Michael Crichton: muchas de sus novelas han sido llevadas (con éxito) al cine:
- Congo (1980): recomiendo también la adaptación cinematográfica.
- Esfera (1987): el inicio es muy intrigante (si no has visto la película).
- Parque Jurásico (1990): sobra hablar de la historia, pero no encontraréis otra novela donde la campana de Gauss forme parte de la trama. Argumento brillante, bastante infantilizado por Spielberg.
- Punto crítico (1996): no es ciencia-ficción pero sirve como un curso avanzado de aeronáutica. Los accidentes aéreos no tendrán secretos para vosotros.
- Rescate en el tiempo (1999): me gusta sobre todo la parte inicial (ciencia de vanguardia), el resto es de aventuras.
- Presa (2002): se pone a pensar hasta dónde puede llegar la nanotecnología y se le va la olla.
- Next (2006): lo que todo el mundo debería saber sobre manipulación genética. Tiene alguna escena de alto contenido sexual (aviso a navegantes).
- Orson Scott Card:
- El juego de Ender (1985): sólo un niño tiene los reflejos necesarios para enfrentarse a una colmena de alienígenas.
- La voz de los muertos (1986): continuación de la historia.
- Robert J. Sawyer
- Flashforward (1999): ¿qué pasaría si todo el mundo viese momentáneamente su futuro?
- Homínidos (2002), Humanos (2003), Híbridos (2003): trilogía en la que los Neandertales son la especie dominante en un universo paralelo.
- Andy Weir
- The martian (2014): cómo un hombre solitario puede usar la ciencia para sobrevivir en un planeta empeñado en liquidarle. Aunque hayáis visto la película, el libro os sorprenderá.
He creado este blog para publicar algunos de mis relatos. Si os gustan y queréis dejar un comentario, lo agradeceré.
jueves, 16 de febrero de 2017
RECOMENDACIONES
Para quienes me lo habéis pedido, os recomiendo algunas novelas y relatos de ciencia-ficción que me han gustado, ordenados por autores y año de publicación:
MENTIROSO CHAMÁN
Al ver por primera vez aquella roca que se había incrustado en el suelo después de provocar un intenso fulgor en el cielo, no se nos ocurrió pensar que podía estar viva. Su aparición resultaba un hecho extraordinario pero no sorprendente, pues conservamos en el Lugar Sagrado fragmentos rocosos que, según cuentan las leyendas de nuestros antepasados, también cayeron envueltos en fuego.
Cuando conseguimos localizar el lugar de la caída, el pedrusco estaba demasiado caliente como para intentar transportarlo o romperlo y, mientras esperábamos a que se enfriase, ocurrió el alumbramiento. Un orificio ovalado se abrió en la superficie todavía incandescente y, a su través, aquél objeto, que sin duda no era una roca, parió una diminuta criatura que enseguida comenzó a intentar reptar torpemente, ayudándose con los cinco apéndices que salían de su cuerpo. Estaba tapizado por una piel de polímeros desconocidos para nosotros, cuya transparencia permitía apreciar unas estructuras alargadas y rígidas rodeadas por material menos denso. Uno de los apéndices resultaba claramente diferente al resto, pues era bastante más corto y estaba doblemente protegido por un caparazón del mismo material rígido y además por una concha de sílice más externa, lo que nos hizo suponer que de algún modo era más importante. Los descoordinados movimientos de aquel ser me recordaron vagamente a los de un recién nacido y decidí llamarle Dan, que significa desastre. No parecía ser una amenaza, de modo que le llevamos ante el jefe de la tribu y éste, después de observar durante algún tiempo su evidente dificultad para desplazarse, dictaminó que el chamán debía intentar comunicar mentalmente con él, del mismo modo que hacía con los dioses y con las fuerzas de la naturaleza.
Se nos ordenó trasladar la criatura a la gruta del chamán, donde éste ejecutó incansablemente rituales ancestrales en los que fingía caer en trance y establecer aquella supuesta comunicación. No mucho tiempo después, cuando Dan dejó definitivamente de moverse, fuimos requeridos para colocarle en el altar de las rocas del cielo, donde permanecerá para servir de asombro a las generaciones futuras.Yo siempre había albergado dudas acerca de las facultades del chamán, ya que me costaba creer que pudiese establecer cualquier tipo de comunicación más allá de las ambiguas fantasías ideadas por un solitario anciano. Y este caso sirvió para confirmar mis sospechas. No pude creer ni uno solo de los delirantes detalles de la historia que contó y que, estoy seguro, se había inventado.
Nos dijo que Dan procedía de un pequeño mundo esférico que orbitaba en torno a una estrella tan lejana que ni siquiera era visible en el firmamento. Que en su lugar de origen no necesitaba ni la piel de polímeros, que para él era opaca, ni la concha de sílice, cuya transparencia le permitía mirar a su alrededor cuando salía de viaje. Que aquél pequeño mundo estaba habitado por millones de sus congéneres, cuyos cuerpos resultaban allí notablemente más ligeros que aquí, lo que les permitía usar sus apéndices para desplazarse con agilidad e incluso cooperar para construir rocas capaces de trasladarles de un extremo a otro del universo. Que había llegado hasta aquí por accidente, pues su destino era otro muy distinto. Que a nosotros nos llamaba "AMEBAS GIGANTES". Y que los nombres que usaba para referirse a su estrella, a su mundo y a sí mismo eran SOL, TIERRA y ASTRONAUTA.
Cuando conseguimos localizar el lugar de la caída, el pedrusco estaba demasiado caliente como para intentar transportarlo o romperlo y, mientras esperábamos a que se enfriase, ocurrió el alumbramiento. Un orificio ovalado se abrió en la superficie todavía incandescente y, a su través, aquél objeto, que sin duda no era una roca, parió una diminuta criatura que enseguida comenzó a intentar reptar torpemente, ayudándose con los cinco apéndices que salían de su cuerpo. Estaba tapizado por una piel de polímeros desconocidos para nosotros, cuya transparencia permitía apreciar unas estructuras alargadas y rígidas rodeadas por material menos denso. Uno de los apéndices resultaba claramente diferente al resto, pues era bastante más corto y estaba doblemente protegido por un caparazón del mismo material rígido y además por una concha de sílice más externa, lo que nos hizo suponer que de algún modo era más importante. Los descoordinados movimientos de aquel ser me recordaron vagamente a los de un recién nacido y decidí llamarle Dan, que significa desastre. No parecía ser una amenaza, de modo que le llevamos ante el jefe de la tribu y éste, después de observar durante algún tiempo su evidente dificultad para desplazarse, dictaminó que el chamán debía intentar comunicar mentalmente con él, del mismo modo que hacía con los dioses y con las fuerzas de la naturaleza.
Se nos ordenó trasladar la criatura a la gruta del chamán, donde éste ejecutó incansablemente rituales ancestrales en los que fingía caer en trance y establecer aquella supuesta comunicación. No mucho tiempo después, cuando Dan dejó definitivamente de moverse, fuimos requeridos para colocarle en el altar de las rocas del cielo, donde permanecerá para servir de asombro a las generaciones futuras.Yo siempre había albergado dudas acerca de las facultades del chamán, ya que me costaba creer que pudiese establecer cualquier tipo de comunicación más allá de las ambiguas fantasías ideadas por un solitario anciano. Y este caso sirvió para confirmar mis sospechas. No pude creer ni uno solo de los delirantes detalles de la historia que contó y que, estoy seguro, se había inventado.
Nos dijo que Dan procedía de un pequeño mundo esférico que orbitaba en torno a una estrella tan lejana que ni siquiera era visible en el firmamento. Que en su lugar de origen no necesitaba ni la piel de polímeros, que para él era opaca, ni la concha de sílice, cuya transparencia le permitía mirar a su alrededor cuando salía de viaje. Que aquél pequeño mundo estaba habitado por millones de sus congéneres, cuyos cuerpos resultaban allí notablemente más ligeros que aquí, lo que les permitía usar sus apéndices para desplazarse con agilidad e incluso cooperar para construir rocas capaces de trasladarles de un extremo a otro del universo. Que había llegado hasta aquí por accidente, pues su destino era otro muy distinto. Que a nosotros nos llamaba "AMEBAS GIGANTES". Y que los nombres que usaba para referirse a su estrella, a su mundo y a sí mismo eran SOL, TIERRA y ASTRONAUTA.
miércoles, 18 de enero de 2017
CINCEL
Las mieles del mecenazgo están hechas para paladares más educados que el mío. Aunque nunca he discutido tus órdenes, me resulta incomprensible que dilapides tontamente una parte significativa de tus rentas para alimentar a una selecta corte más de aduladores que de artistas. Soy incapaz de encontrar ni siquiera una leve emoción en las salpicaduras arrojadas de forma aleatoria sobre un lienzo, en una habitación plagada de pantallas torcidas mostrando en bucle imágenes de cuerpos semidesnudos o en tres bolsas de basura descuidadamente apiladas en el rincón mejor iluminado de un museo. Considero a sus creadores una manada de parásitos que han encontrado una cómoda forma de vida a la sombra de un mecenas tan sensible a su arte como férreo en el gobierno de sus negocios. Respaldo tus inversiones en casinos por su rentabilidad y en empresas farmacéuticas por tus problemas de salud. Pero lo de patrocinar a estos golfos siempre me ha parecido una pérdida de tiempo y sobretodo de dinero.
El caso de Vincenzo es diferente. Junto con su foto, recibí el catálogo de sus obras más recientes y, al hojearlo, me sentí tan sobrecogido por la belleza de aquellas esculturas de mármol que acudí a su exposición todas las tardes de la siguiente semana, dedicando largos minutos a contemplar cada pieza hasta casi memorizarla. Se le ha criticado calificándole de barroco, pero es precisamente su atención a los detalles y la delicadeza y abundancia de éstos lo que resulta conmovedor. La portada del catálogo reproduce la que considero su obra maestra: cabeza de mujer. Una mujer joven que parece dirigir la mirada hacia su regazo mientras el pelo, largo y ensortijado, resbala suavemente sobre su hombro izquierdo.
El día que fui a su estudio, tras una deliberadamente breve presentación, le pedí que me mostrase el cincel que había utilizado para esculpir aquel retrato femenino. Había leído que Vincenzo pasó la mayor parte de su infancia en una cabaña aislada en la zona de los Alpes donde el único entretenimiento posible era tallar la madera con una pequeña navaja. Allí desarrolló esa soberbia habilidad para identificar formas y volúmenes, para extraer del amorfo material gráciles ciervos, osos amenazantes y las esbeltas pastorcillas que aparecen recurrentemente en su obra. Cuando, viviendo ya en Venecia, pudo experimentar con el mármol, su don floreció más que nunca y le llevó en pocos años a llamar la atención de solventes mecenas, si bien fue a ti a quien eligió finalmente. Liberado de la preocupación por ganarse el sustento cotidiano, dedicaba sus días y sus noches a cincelar incansablemente bloques de todos los tamaños, como si presintiese que su tiempo entre los vivos tendría una corta fecha de caducidad.
Cuando le tuve ante mí, me pareció que su extrema delgadez le daba una apariencia demasiado frágil, impropia de alguien dedicado a un arte tan exigente físicamente. Además, la blancura casi transparente de su tez, la finura de su mentón y los caprichosos rizos de su rubio cabello podrían inducir a un observador distraído a tomarle por una más de las bucólicas figuras que poblaban su estudio. Sólo la presencia de unos grandes ojos oscuros sugería que algo vivo se ocultaba, o más bien se protegía, dentro de tan liviana envoltura.
Mi interés por uno de sus útiles de trabajo no pareció agradarle, quizá por resultar una petición inesperada o impertinente, pero le debía demasiado al apellido impreso en mi tarjeta de visita como para negarse o poner reparos. A los pocos minutos lo tenía en mis manos.
Un cincel de acero forjado, tan desgastado que había perdido el brillo entre los golpes contra el mármol y el polvo de éste depositado en toda su extensión. No sería más largo que la distancia entre mis dedos pulgar e índice totalmente extendidos. Su grosor permitía agarrarlo con firmeza o suavidad, según lo requiriese el embate que el pesado mazo iba a ejecutar a continuación. La forja había sido eficaz, pues el extremo afilado había resistido centenares de impactos sin perder su agudo borde, mientras que el engrosamiento del extremo opuesto, con su forma roma y aparentemente irregular, ofrecía una superficie ideal para recibir el impacto que se transmitiría a través del acero para infligir al doliente mármol el más sutil de los desgarros.
No pude evitar una intensa agitación al sentir su frialdad y comprobar hasta qué punto estábamos hechos del mismo material. Yo he sido el implacable cincel con el que has esculpido tu imperio y por eso siempre te llamé jefe antes que padre. Tú, siempre presto a doblegar voluntades y conseguir resultados rápidos e incontestables. Yo, firme acero ejecutando tus órdenes. Me forjaste pacientemente de acuerdo a tus necesidades, unas veces con castigos físicos, otras con privaciones, la mayor parte de las veces mediante coacciones, hasta convertirme en una herramienta perfecta para conseguir tus fines. Te estoy agradecido por ello.
Casi me dio pena la triste mirada de aquellos ojos profundos cuando empujé el implacable cincel a abrirse paso entre las costillas de Vincenzo y atravesé su corazón, desgarrándolo hasta dejarlo inerte.
Tu previsión se ha cumplido. Como esperabas cuando me diste la orden, la cotización de sus obras se ha disparado y con ella tu patrimonio. Me has enseñado bien. Tantos años sirviéndote me han llevado a dominar mi arte tanto como él dominaba el suyo. Ya sabes que me gustan estos juegos y que, cuando tengo que poner fin a una vida, me obsesiona encontrar un instrumento que guarde una íntima relación con mi víctima.
Sin embargo, te guardo otra noticia aún mejor. Una empresa farmacéutica, en la que no has invertido, ha cometido un grave error que la conducirá a la quiebra y centuplicará el valor de las acciones de la competencia, que sí posees. Ese lamentable error causará la muerte a numerosos pacientes, involuntarios peones que es necesario sacrificar para alcanzar un bien mayor. Pero con ellos también caerá un rey.
No ha sido casual que hoy, en la única farmacia cercana a la casa de campo en la que te aíslas del mundo, sólo estuviese disponible la insulina de ese laboratorio negligente. Cuando te la has inyectado esta tarde, sin saberlo, has roto ese equilibrio inestable por el que tu cuerpo lleva serpenteando toda tu vida.
En cierto modo, tu previsión se ha cumplido. Como esperabas, tu fortuna se ha multiplicado. Pero algo ha salido mal. Ahora es mi fortuna.
El caso de Vincenzo es diferente. Junto con su foto, recibí el catálogo de sus obras más recientes y, al hojearlo, me sentí tan sobrecogido por la belleza de aquellas esculturas de mármol que acudí a su exposición todas las tardes de la siguiente semana, dedicando largos minutos a contemplar cada pieza hasta casi memorizarla. Se le ha criticado calificándole de barroco, pero es precisamente su atención a los detalles y la delicadeza y abundancia de éstos lo que resulta conmovedor. La portada del catálogo reproduce la que considero su obra maestra: cabeza de mujer. Una mujer joven que parece dirigir la mirada hacia su regazo mientras el pelo, largo y ensortijado, resbala suavemente sobre su hombro izquierdo.
El día que fui a su estudio, tras una deliberadamente breve presentación, le pedí que me mostrase el cincel que había utilizado para esculpir aquel retrato femenino. Había leído que Vincenzo pasó la mayor parte de su infancia en una cabaña aislada en la zona de los Alpes donde el único entretenimiento posible era tallar la madera con una pequeña navaja. Allí desarrolló esa soberbia habilidad para identificar formas y volúmenes, para extraer del amorfo material gráciles ciervos, osos amenazantes y las esbeltas pastorcillas que aparecen recurrentemente en su obra. Cuando, viviendo ya en Venecia, pudo experimentar con el mármol, su don floreció más que nunca y le llevó en pocos años a llamar la atención de solventes mecenas, si bien fue a ti a quien eligió finalmente. Liberado de la preocupación por ganarse el sustento cotidiano, dedicaba sus días y sus noches a cincelar incansablemente bloques de todos los tamaños, como si presintiese que su tiempo entre los vivos tendría una corta fecha de caducidad.
Cuando le tuve ante mí, me pareció que su extrema delgadez le daba una apariencia demasiado frágil, impropia de alguien dedicado a un arte tan exigente físicamente. Además, la blancura casi transparente de su tez, la finura de su mentón y los caprichosos rizos de su rubio cabello podrían inducir a un observador distraído a tomarle por una más de las bucólicas figuras que poblaban su estudio. Sólo la presencia de unos grandes ojos oscuros sugería que algo vivo se ocultaba, o más bien se protegía, dentro de tan liviana envoltura.
Mi interés por uno de sus útiles de trabajo no pareció agradarle, quizá por resultar una petición inesperada o impertinente, pero le debía demasiado al apellido impreso en mi tarjeta de visita como para negarse o poner reparos. A los pocos minutos lo tenía en mis manos.
Un cincel de acero forjado, tan desgastado que había perdido el brillo entre los golpes contra el mármol y el polvo de éste depositado en toda su extensión. No sería más largo que la distancia entre mis dedos pulgar e índice totalmente extendidos. Su grosor permitía agarrarlo con firmeza o suavidad, según lo requiriese el embate que el pesado mazo iba a ejecutar a continuación. La forja había sido eficaz, pues el extremo afilado había resistido centenares de impactos sin perder su agudo borde, mientras que el engrosamiento del extremo opuesto, con su forma roma y aparentemente irregular, ofrecía una superficie ideal para recibir el impacto que se transmitiría a través del acero para infligir al doliente mármol el más sutil de los desgarros.
No pude evitar una intensa agitación al sentir su frialdad y comprobar hasta qué punto estábamos hechos del mismo material. Yo he sido el implacable cincel con el que has esculpido tu imperio y por eso siempre te llamé jefe antes que padre. Tú, siempre presto a doblegar voluntades y conseguir resultados rápidos e incontestables. Yo, firme acero ejecutando tus órdenes. Me forjaste pacientemente de acuerdo a tus necesidades, unas veces con castigos físicos, otras con privaciones, la mayor parte de las veces mediante coacciones, hasta convertirme en una herramienta perfecta para conseguir tus fines. Te estoy agradecido por ello.
Casi me dio pena la triste mirada de aquellos ojos profundos cuando empujé el implacable cincel a abrirse paso entre las costillas de Vincenzo y atravesé su corazón, desgarrándolo hasta dejarlo inerte.
Tu previsión se ha cumplido. Como esperabas cuando me diste la orden, la cotización de sus obras se ha disparado y con ella tu patrimonio. Me has enseñado bien. Tantos años sirviéndote me han llevado a dominar mi arte tanto como él dominaba el suyo. Ya sabes que me gustan estos juegos y que, cuando tengo que poner fin a una vida, me obsesiona encontrar un instrumento que guarde una íntima relación con mi víctima.
Sin embargo, te guardo otra noticia aún mejor. Una empresa farmacéutica, en la que no has invertido, ha cometido un grave error que la conducirá a la quiebra y centuplicará el valor de las acciones de la competencia, que sí posees. Ese lamentable error causará la muerte a numerosos pacientes, involuntarios peones que es necesario sacrificar para alcanzar un bien mayor. Pero con ellos también caerá un rey.
No ha sido casual que hoy, en la única farmacia cercana a la casa de campo en la que te aíslas del mundo, sólo estuviese disponible la insulina de ese laboratorio negligente. Cuando te la has inyectado esta tarde, sin saberlo, has roto ese equilibrio inestable por el que tu cuerpo lleva serpenteando toda tu vida.
En cierto modo, tu previsión se ha cumplido. Como esperabas, tu fortuna se ha multiplicado. Pero algo ha salido mal. Ahora es mi fortuna.
BUCLE
Acabo de confirmarlo. Ahora sé que mi vida está en tus manos y por eso te odio. Quizá debería agradecer que me hayas revelado por fin tu presencia, pero ignoro si lo has hecho de forma consciente o simplemente te ha traicionado ese perverso sentido del humor que seguramente no puedes dominar.
Nunca lo habría sabido de no ser por esta afición que tengo a escribir. Disfruto inventando historias en las que heroicos personajes se enfrentan a situaciones adversas y despliegan todo su ingenio hasta salir airosos. Sin embargo, ya no me puede parecer casual que, cuando encuentran el amor, triunfan profesionalmente o les toca la lotería, mi vida continúe sin cambios, mientras que cualquier desgracia que les sucede a ellos se materializa para mí, tarde o temprano, de forma totalmente real. Ni tampoco que el tiempo que transcurre entre lo que escribo y lo que me ocurre haya ido reduciéndose paulatinamente, de modo que si escribo algo negativo por la mañana puedo tener la certeza de que lo lamentaré esa misma tarde. Así he podido intuir desde hechos intrascendentes, como que un conocido evite saludarme por la calle, hasta la quiebra de la empresa en la que trabajaba, el accidente de autobús en el que casi pierdo la vida, la desaparición de mi perro o el asesinato de mi mejor amigo. Ahora, mi condena a muerte y mi ingreso en la cárcel desde la que escribo estas líneas confirma definitivamente mis sospechas. Me has hecho entender que los avatares de mi vida no han sido fruto de la casualidad o de la mala suerte, sino del cruel empeño de una voluntad tan retorcida que se regocija en sembrar mi existencia de reveses cuidadosamente seleccionados entre los que yo mismo había imaginado para otros.
Tú eres mi autor y yo tu personaje. Pero al escribir este texto, te he convertido en personaje y ahora yo soy tu autor. Y en este preciso instante, lamentablemente, mueres.
Nunca lo habría sabido de no ser por esta afición que tengo a escribir. Disfruto inventando historias en las que heroicos personajes se enfrentan a situaciones adversas y despliegan todo su ingenio hasta salir airosos. Sin embargo, ya no me puede parecer casual que, cuando encuentran el amor, triunfan profesionalmente o les toca la lotería, mi vida continúe sin cambios, mientras que cualquier desgracia que les sucede a ellos se materializa para mí, tarde o temprano, de forma totalmente real. Ni tampoco que el tiempo que transcurre entre lo que escribo y lo que me ocurre haya ido reduciéndose paulatinamente, de modo que si escribo algo negativo por la mañana puedo tener la certeza de que lo lamentaré esa misma tarde. Así he podido intuir desde hechos intrascendentes, como que un conocido evite saludarme por la calle, hasta la quiebra de la empresa en la que trabajaba, el accidente de autobús en el que casi pierdo la vida, la desaparición de mi perro o el asesinato de mi mejor amigo. Ahora, mi condena a muerte y mi ingreso en la cárcel desde la que escribo estas líneas confirma definitivamente mis sospechas. Me has hecho entender que los avatares de mi vida no han sido fruto de la casualidad o de la mala suerte, sino del cruel empeño de una voluntad tan retorcida que se regocija en sembrar mi existencia de reveses cuidadosamente seleccionados entre los que yo mismo había imaginado para otros.
Tú eres mi autor y yo tu personaje. Pero al escribir este texto, te he convertido en personaje y ahora yo soy tu autor. Y en este preciso instante, lamentablemente, mueres.
6023
Parece mentira que en esta sociedad contemporánea, en la que cualquier pensamiento se puede transmitir instantáneamente de una mente a otra, abarcando una riqueza de matices que las palabras nunca podrán conseguir, todavía conservemos el anticuado lenguaje de nuestros ancestros. Igualmente increíble es que algunos nos esforcemos en poner por escrito ideas que para otros resulta difícil incluso verbalizar.
Además, es un esfuerzo estéril puesto que todo ha sido ya escrito. Hace siglos que nadie ha conseguido plantear una idea original, concebir una historia o situación que no haya sido descrita y desarrollada ampliamente por algún autor del pasado.
Por eso, quienes hoy nos dedicamos a escribir, lo hacemos como un vicio privado, para nosotros mismos, sin pretensiones de que alguien lea nuestras obras. Si intento publicar en la base de datos este texto, me responderá que no es original y me mostrará el nombre de quien lo escribió antes. Sin embargo, yo no he copiado su texto. Ni siquiera lo conocía. Entonces, ¿le pertenece a él más que a mí sólo porque lo escribió antes que yo?
Además, es un esfuerzo estéril puesto que todo ha sido ya escrito. Hace siglos que nadie ha conseguido plantear una idea original, concebir una historia o situación que no haya sido descrita y desarrollada ampliamente por algún autor del pasado.
Por eso, quienes hoy nos dedicamos a escribir, lo hacemos como un vicio privado, para nosotros mismos, sin pretensiones de que alguien lea nuestras obras. Si intento publicar en la base de datos este texto, me responderá que no es original y me mostrará el nombre de quien lo escribió antes. Sin embargo, yo no he copiado su texto. Ni siquiera lo conocía. Entonces, ¿le pertenece a él más que a mí sólo porque lo escribió antes que yo?
viernes, 6 de enero de 2017
APOCALIPSIS
Ahora que siento mis corazones detenerse, veo que todo ha sido en vano. De nada me ha servido emprender una huida tan larga y arriesgada que nadie más se atrevió intentarlo.
Nuestra vida transcurre pacíficamente. Pasamos el día descansando, comiendo o simplemente paseando por las zonas del mundo a las que nunca llega luz. Nos gusta ascender por las formaciones tubulares, siguiendo sus caprichosos recorridos y vueltas. Encaramarnos a las gruesas fibras y trepar por las colinas verticales. Descender a las intrincadas cuevas situadas bajo el desierto, cuyos recovecos tan propicios son para el amor. Cuando cae la noche, sentimos que el mundo se expande repentinamente y nos pertenece en su totalidad. En ese momento, los más inquietos salimos al exterior para recorrer cada llanura, valle y montaña, empujados por el deseo tanto de explorar como de asegurar la supervivencia de nuestra comunidad. Cuando encontramos un nuevo círculo de comida, avisamos a los compañeros para que acudan rápidamente a tomar jugosas raciones. Casi a diario, los dioses nos obsequian con nuevas y deliciosas sorpresas que garantizan nuestro sustento. O así era hasta ahora. Nunca sabremos si existe alguna relación entre la extrema generosidad que mostraron la pasada noche y la desgracia del día siguiente.
Debimos huir cuando empezó la inundación. De haberlo hecho mis compañeros seguirían vivos y yo no tendría ahora la certeza de mi próxima muerte. En lugar de eso, nos limitamos a resguardarnos trepando a lugares más altos. A pesar de doblar en edad a la mayoría, o precisamente por eso, propuse que debíamos atravesar el desierto, en pleno día, hasta llegar al borde de la tierra y dar un paso más allá.
Sin embargo, nadie quiso seguirme hasta que ya era demasiado tarde, hasta que la nube tóxica envenenó el aire y nos obligó definitivamente a abandonar nuestro asentamiento. Entonces la huida fue caótica. Unos ascendieron por los grandes tubos tan alto como pudieron. Otros se lanzaron a la llanura, sin rumbo ni plan predeterminado. La mayoría intentó llegar hasta los rincones más ocultos de los subterráneos. Sus esfuerzos fueron inútiles.
Solo yo me adentré en el desierto, con el firme propósito de llegar hasta los confines del mundo conocido y traspasarlos. ¿Para qué? Para terminar perdiendo el control de mis miembros y morir inmóvil, tumbado boca arriba. Mi único consuelo ha sido, a pesar de la parálisis, poder contemplar el cielo más lejano y bello que nadie haya visto antes. Lo último que pude escuchar fueron los sonidos incomprensibles que los dioses intercambiaban entre sí: “He retirado las sobras de la cena de Navidad, he fregado la cocina y he fumigado. Recoge la cucaracha muerta que hay en la puerta.”.
Nuestra vida transcurre pacíficamente. Pasamos el día descansando, comiendo o simplemente paseando por las zonas del mundo a las que nunca llega luz. Nos gusta ascender por las formaciones tubulares, siguiendo sus caprichosos recorridos y vueltas. Encaramarnos a las gruesas fibras y trepar por las colinas verticales. Descender a las intrincadas cuevas situadas bajo el desierto, cuyos recovecos tan propicios son para el amor. Cuando cae la noche, sentimos que el mundo se expande repentinamente y nos pertenece en su totalidad. En ese momento, los más inquietos salimos al exterior para recorrer cada llanura, valle y montaña, empujados por el deseo tanto de explorar como de asegurar la supervivencia de nuestra comunidad. Cuando encontramos un nuevo círculo de comida, avisamos a los compañeros para que acudan rápidamente a tomar jugosas raciones. Casi a diario, los dioses nos obsequian con nuevas y deliciosas sorpresas que garantizan nuestro sustento. O así era hasta ahora. Nunca sabremos si existe alguna relación entre la extrema generosidad que mostraron la pasada noche y la desgracia del día siguiente.
Debimos huir cuando empezó la inundación. De haberlo hecho mis compañeros seguirían vivos y yo no tendría ahora la certeza de mi próxima muerte. En lugar de eso, nos limitamos a resguardarnos trepando a lugares más altos. A pesar de doblar en edad a la mayoría, o precisamente por eso, propuse que debíamos atravesar el desierto, en pleno día, hasta llegar al borde de la tierra y dar un paso más allá.
Sin embargo, nadie quiso seguirme hasta que ya era demasiado tarde, hasta que la nube tóxica envenenó el aire y nos obligó definitivamente a abandonar nuestro asentamiento. Entonces la huida fue caótica. Unos ascendieron por los grandes tubos tan alto como pudieron. Otros se lanzaron a la llanura, sin rumbo ni plan predeterminado. La mayoría intentó llegar hasta los rincones más ocultos de los subterráneos. Sus esfuerzos fueron inútiles.
Solo yo me adentré en el desierto, con el firme propósito de llegar hasta los confines del mundo conocido y traspasarlos. ¿Para qué? Para terminar perdiendo el control de mis miembros y morir inmóvil, tumbado boca arriba. Mi único consuelo ha sido, a pesar de la parálisis, poder contemplar el cielo más lejano y bello que nadie haya visto antes. Lo último que pude escuchar fueron los sonidos incomprensibles que los dioses intercambiaban entre sí: “He retirado las sobras de la cena de Navidad, he fregado la cocina y he fumigado. Recoge la cucaracha muerta que hay en la puerta.”.
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