En CHORIBERIA, es nuestro compromiso con la cultura, y con el chorizo ibérico, el que nos impulsa a convocar un año más nuestro prestigioso Concurso Literario sujeto a unas sencillas normas: los textos deberán ser publicados en una red social durante la próxima semana con el hashtag #YoSoyMásDeChorizo y tendrán una extensión de cuatro a diez palabras, debiendo aparecer entre ellas CHORIZO un mínimo de 3 veces.
A cambio del suculento premio de un paquete de 200 gramos de nuestro exclusivo Chorizo Premium, los autores renunciarán a todos los derechos sobre el texto que presenten, así como también sobre cualquier otro que puedan escribir a lo largo de sus descoloridas vidas.
Desde su fundación, CHORIBERIA ha mantenido la voluntad de alcanzar la excelencia en la producción del más exquisito chorizo. Esto nos ha llevado a seleccionar los mejores ejemplares de cerdo de nuestras granjas exclusivamente para la producción de nuestras variedades más apreciadas, entre las que se incluyen el chorizo de lomo y el chorizo de jamón. Sin embargo, nunca olvidamos que nuestra verdadera vocación es el fomento de la cultura en nuestra sociedad como medio para construir un mundo mejor.
A continuación, reproducimos el texto ganador del año pasado:
Chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo.
He creado este blog para publicar algunos de mis relatos. Si os gustan y queréis dejar un comentario, lo agradeceré.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
lunes, 19 de diciembre de 2016
PLEGARIA
Estaba convencido de que esta vez su ofrenda produciría el resultado esperado. Había trabajado incansablemente para crear una obra realmente extraordinaria. Digna de hacer palidecer a todas las anteriores. Capaz de conmover a sus antepasados en tal grado que se viesen obligados a concederle el don que tantas veces les había implorado y que la medicina tozudamente le seguía negando. El imponente dragón multicolor, que había construido usando las más delicadas láminas de papel de seda perfumado, estaba por fin terminado. Se había esmerado en imprimir al conjunto una actitud respetuosa, que se reflejaba en la posición de la cabeza y el cuello con respecto al majestuoso cuerpo, formado por la unión de centenares de diminutas escamas. Siguiendo la misma idea, había dispuesto las alas, la larga cola y las patas cuidadosamente replegadas, esbozando una tímida reverencia, para conseguir la mezcla que buscaba de belleza, fuerza y sumisión.
Al llegar al templo, depositó la figura en una bandeja metálica, delante del pequeño altar. Se arrodilló y, tras permanecer inmóvil un instante, encendió una larga cerilla que acercó pausada y ceremoniosamente al papel; cuando éste prendió, contuvo la respiración durante el breve tiempo en que las llamas se extendieron, devoraron ávidamente su creación y se extinguieron, dejando en el ambiente un exquisito aroma a lavanda, canela y vainilla. Un leve rastro de cenizas, apenas perceptible, era el único testimonio de que algo, quizá grande y hermoso, había ocupado la bandeja un momento antes.
Esperó en silencio, con los ojos cerrados, explorando con la mente cada fracción de su piel como un halcón que sobrevolase aquellas dolorosas llanuras, densamente tapizadas de indeseados arbustos amarillentos. No había cambios. Allí seguían las horribles verrugas que torturaban sus miembros, su tronco y su rostro desde que tenía memoria. De nuevo, sus ancestros no se apiadaban de él. Le ignoraban. Se negaban a liberarle de su pesada e injusta maldición.
Súbitamente, el dolor de fondo cesó por completo. Sorprendido, pudo ver desde arriba su propio cuerpo. De rodillas primero. Cayendo sobre un costado después. Al levantar la vista, se vio rodeado por los desdibujados rostros de aquellos a quienes dirigía sus oraciones, mientras una tenue voz le susurraba: “Tranquilo, ya estás con nosotros”.
Al llegar al templo, depositó la figura en una bandeja metálica, delante del pequeño altar. Se arrodilló y, tras permanecer inmóvil un instante, encendió una larga cerilla que acercó pausada y ceremoniosamente al papel; cuando éste prendió, contuvo la respiración durante el breve tiempo en que las llamas se extendieron, devoraron ávidamente su creación y se extinguieron, dejando en el ambiente un exquisito aroma a lavanda, canela y vainilla. Un leve rastro de cenizas, apenas perceptible, era el único testimonio de que algo, quizá grande y hermoso, había ocupado la bandeja un momento antes.
Esperó en silencio, con los ojos cerrados, explorando con la mente cada fracción de su piel como un halcón que sobrevolase aquellas dolorosas llanuras, densamente tapizadas de indeseados arbustos amarillentos. No había cambios. Allí seguían las horribles verrugas que torturaban sus miembros, su tronco y su rostro desde que tenía memoria. De nuevo, sus ancestros no se apiadaban de él. Le ignoraban. Se negaban a liberarle de su pesada e injusta maldición.
Súbitamente, el dolor de fondo cesó por completo. Sorprendido, pudo ver desde arriba su propio cuerpo. De rodillas primero. Cayendo sobre un costado después. Al levantar la vista, se vio rodeado por los desdibujados rostros de aquellos a quienes dirigía sus oraciones, mientras una tenue voz le susurraba: “Tranquilo, ya estás con nosotros”.
CARTA A DON TOMÁS
Recordado Don Tomás,
Mi infancia no fue feliz. Tuve como padres a las personas más cariñosas que alguien pueda desear y nada era para ellos más importante que yo. En todo caso, podía serlo mi educación. Sin embargo, tan pronto traspasaba los protectores límites de mi hogar, el mundo se transformaba en un lugar hostil que yo no comprendía, que carecía de sentido absolutamente, plagado de seres cuyo comportamiento no dejaba de sorprenderme de las formas más desagradables e injustificadas.
Mis primeros recuerdos se sitúan en su escuela, aquella antigua capilla que estaba en la misma acera que mi casa, al final de la calle. Como sacerdote, Ud. se ganó la confianza de varios vecinos del pueblo, consiguiendo reunir a un conjunto heterogéneo de alumnos de todos los niveles educativos. Recordará que nos mandaba sentar en los bancos de la iglesia mirando hacia el altar mayor, desde donde Ud., siempre orgulloso, impartía las clases ataviado con su raída sotana negra. A diferencia de mis compañeros, que parecían estar allí para pegarse unos con otros y para someternos a los más pequeños a todo tipo de humillaciones y amenazas, mi único salvavidas era el goce que me producía aprender lo que escuchaba durante sus clases.
Recuerdo que Ud. a veces comenzaba a hacer preguntas por el lado izquierdo, donde se sentaban los mayores, a modo de concurso. Cuando alguien acertaba, ganaba la primera posición mientras el resto desplazábamos nuestras nalgas hacia la derecha sobre la desgastada madera de los bancos. Los de primaria siempre ocupábamos las últimas posiciones y nuestras posibilidades de contestar eran escasas, pero aquél día en que ningún otro supo la respuesta y conseguí el primer puesto, por delante de los alumnos de bachillerato, lo viví como un triunfo y es lo único de aquella etapa que recuerdo con agrado.
El resto de secuencias confusas que consigo evocar tiene siempre el tinte de la intimidación por parte de los compañeros durante los recreos en aquella celda sin techo que llamábamos patio, del maloliente cubículo que hacía las veces de aseo o del dolor físico cuando Ud. nos levantaba del suelo, agarrándonos de una oreja para interrogarnos sobre alguna travesura. Tampoco habrá olvidado lo que disfrutaba cuando nos ponía a todos en linea mirando hacia el altar y nos hacía extender las manos a los lados con las palmas hacia arriba, de modo que las mías quedaban expuestas delante de los compañeros que me flanqueaban, mientras que delante de mí se situaban la palma derecha del que estaba a mi izquierda y la izquierda del que estaba a mi derecha. Recuerdo cómo inspeccionaba Ud. esta estructura, corrigiendo la posición de las manos que estaban demasiado altas o bajas, persiguiendo minuciosamente la linealidad del conjunto. Y cómo, a continuación, con su regla de madera iba repartiendo sonoros palmetazos a lo largo de esta temblorosa cadena de manitas infantiles, algunas adolescentes, que quedaban rojas y doloridas durante el resto del día.
Todavía hoy puedo mirarme la mano y sentir el impacto no sólo del golpe sino también de la impotencia ante aquellos castigos injustos y con frecuencia aleatorios, que sin embargo eran generosamente respaldados por nuestros padres como herramienta efectiva para nuestra formación.
Ignoro si en años posteriores Ud. llegó a arrepentirse de algunas de aquellas acciones, o siquiera a cuestionarlas. Supongo que no. Tampoco me importa y no es lo que pretendo redactando esta carta que no le enviaría aunque pudiese. Mi único objetivo es extraer de la memoria aquella lejana parcela para ser capaz de ponerla por escrito y relegarla por fin a la posición que merece: el olvido.
Atentamente,
Mi infancia no fue feliz. Tuve como padres a las personas más cariñosas que alguien pueda desear y nada era para ellos más importante que yo. En todo caso, podía serlo mi educación. Sin embargo, tan pronto traspasaba los protectores límites de mi hogar, el mundo se transformaba en un lugar hostil que yo no comprendía, que carecía de sentido absolutamente, plagado de seres cuyo comportamiento no dejaba de sorprenderme de las formas más desagradables e injustificadas.
Mis primeros recuerdos se sitúan en su escuela, aquella antigua capilla que estaba en la misma acera que mi casa, al final de la calle. Como sacerdote, Ud. se ganó la confianza de varios vecinos del pueblo, consiguiendo reunir a un conjunto heterogéneo de alumnos de todos los niveles educativos. Recordará que nos mandaba sentar en los bancos de la iglesia mirando hacia el altar mayor, desde donde Ud., siempre orgulloso, impartía las clases ataviado con su raída sotana negra. A diferencia de mis compañeros, que parecían estar allí para pegarse unos con otros y para someternos a los más pequeños a todo tipo de humillaciones y amenazas, mi único salvavidas era el goce que me producía aprender lo que escuchaba durante sus clases.
Recuerdo que Ud. a veces comenzaba a hacer preguntas por el lado izquierdo, donde se sentaban los mayores, a modo de concurso. Cuando alguien acertaba, ganaba la primera posición mientras el resto desplazábamos nuestras nalgas hacia la derecha sobre la desgastada madera de los bancos. Los de primaria siempre ocupábamos las últimas posiciones y nuestras posibilidades de contestar eran escasas, pero aquél día en que ningún otro supo la respuesta y conseguí el primer puesto, por delante de los alumnos de bachillerato, lo viví como un triunfo y es lo único de aquella etapa que recuerdo con agrado.
El resto de secuencias confusas que consigo evocar tiene siempre el tinte de la intimidación por parte de los compañeros durante los recreos en aquella celda sin techo que llamábamos patio, del maloliente cubículo que hacía las veces de aseo o del dolor físico cuando Ud. nos levantaba del suelo, agarrándonos de una oreja para interrogarnos sobre alguna travesura. Tampoco habrá olvidado lo que disfrutaba cuando nos ponía a todos en linea mirando hacia el altar y nos hacía extender las manos a los lados con las palmas hacia arriba, de modo que las mías quedaban expuestas delante de los compañeros que me flanqueaban, mientras que delante de mí se situaban la palma derecha del que estaba a mi izquierda y la izquierda del que estaba a mi derecha. Recuerdo cómo inspeccionaba Ud. esta estructura, corrigiendo la posición de las manos que estaban demasiado altas o bajas, persiguiendo minuciosamente la linealidad del conjunto. Y cómo, a continuación, con su regla de madera iba repartiendo sonoros palmetazos a lo largo de esta temblorosa cadena de manitas infantiles, algunas adolescentes, que quedaban rojas y doloridas durante el resto del día.
Todavía hoy puedo mirarme la mano y sentir el impacto no sólo del golpe sino también de la impotencia ante aquellos castigos injustos y con frecuencia aleatorios, que sin embargo eran generosamente respaldados por nuestros padres como herramienta efectiva para nuestra formación.
Ignoro si en años posteriores Ud. llegó a arrepentirse de algunas de aquellas acciones, o siquiera a cuestionarlas. Supongo que no. Tampoco me importa y no es lo que pretendo redactando esta carta que no le enviaría aunque pudiese. Mi único objetivo es extraer de la memoria aquella lejana parcela para ser capaz de ponerla por escrito y relegarla por fin a la posición que merece: el olvido.
Atentamente,
Guillermo J. Caamaño
miércoles, 2 de noviembre de 2016
EL INCIDENTE DE LA LECTURA 16
Dolor. Entumecimiento. Rigidez. Silencio. Oscuridad. Empiezo a recordar y sé que es importante. Algo me dice que debo activar mis recuerdos cuanto antes, que ellos me llevarán de vuelta a la vida. Recuerdo mi despacho de la Facultad, la mesa desordenada cubierta de libros y dispositivos conectados unos con otros. Recuerdo que Rosa, mi joven ayudante, entró a preguntar si estaba preparado. Al parecer no lo estaba porque, después de haber repetido el proceso más de una decena de veces, me invadió una espesa pereza al tener que empezar todo otra vez, vencido por la sensación de fracaso continuado. Es cierto que hemos avanzado, que cada prueba ha servido para eliminar errores de cara a la siguiente, pero hace ya mucho que me siento agotado, que de verdad necesito pasar a la siguiente fase del proyecto.
Al principio era algo ilusionante. Formar un equipo con los mejores y disponer de los fondos necesarios. No se puede pedir más. Incluso me permití contratar a Luna simplemente para tenerla cerca, para evitar que me abandonase cuando el trabajo ocupase casi todas mis horas de vigilia. Resultaba divertido que, antes de cada lectura, fuese ella quien eliminase de mi cuerpo todo rastro de vello y me fijase a la piel, minuciosamente, los centenares de electrodos. Pasar de la desnudez más absoluta a lucir ese traje de sensores y cables no era tan aburrido las primeras veces. Durante los últimos cuatro años, he pasado por esto mas o menos una vez cada tres meses, el tiempo necesario para analizar los datos y darlos por válidos. O no, porque hasta la fecha no hemos conseguido una sola lectura que sea digna de ser subida al flamante servidor que la espera con ansia, mimado por una corte de técnicos que lo mantienen actualizado con los últimos avances para evitar que, cuando efectivamente tenga que ponerse en marcha a toda potencia, se haya convertido en un cachivache obsoleto.
Ayer no fue Luna quien me vistió. Hace casi un año que nos abandonó a mí y al proyecto. Sentiría profundamente su marcha si tuviese tiempo para pensarlo, pero no es el caso. Seguramente pasará todavía mucho antes de que empiece a echarla realmente de menos. Ahora Rosa se ocupa, entre otras, de esta tarea. La primera vez resultó un poco incómodo para ambos, pero ahora es simplemente algo rutinario.
Mis pensamientos se van volviendo más claros. En pocos minutos volveré a ser yo. La cadencia siempre es la misma. Paulatinamente voy recuperando la consciencia, el oído y la vista, ya que la lectura se realiza con los ojos abiertos. Finalmente, vuelvo a tener el dominio de mis músculos. Es la mejor parte. Salir de este sopor que me aplasta contra la camilla y tomar un vaso de zumo bien frío, que me despeja con más eficacia que el mejor de los cafés, ansioso por empezar a analizar los resultados.
Oigo la voz de Rosa, pero llega a mí a través de un interfono, porque presenta ese tinte metálico característico de los altavoces de escasa calidad. Está pidiendo a alguien que acuda a la sala del servidor. Mientras tanto, aquí sigo, tumbado en la habitación blanca del sótano, sin poder hacer nada salvo esperar y recordar.
Creemos que los recuerdos son importantes porque nuestras pruebas con gatos y chimpancés fueron desastrosas. Nunca conseguimos que el servidor funcionase con sus lecturas más allá de unos pocos minutos. El equipo de técnicos llegó a la conclusión de que sus mentes colapsaban en el momento de despertar, abrumadas por una situación que no eran capaces de abordar.
Por eso decidimos intentarlo en humanos y, dado el volumen de programas y equipamiento que debían configurarse a medida, tenía que ser un sujeto cuyo compromiso con el proyecto estuviese fuera de toda duda.
De modo que aquí estoy, despertando de la decimosexta lectura de mi sistema nervioso al completo, desanimado por la convicción de que, como las veces anteriores, contendrá tantos errores que habrá que rechazarla y tendremos que volver a empezar en tres meses.
Parece que ya voy recuperando la vista. En lugar del techo de la habitación blanca, la imagen que se va formando ante mí es de una sala similar a la del servidor. Su panel de control es mucho más avanzado que el nuestro y sus indicadores evidencian que se encuentra trabajando a pleno rendimiento. De perfil, una mujer madura fija la mirada en una de las pantallas. Se parece vagamente a Rosa. Mi padre entra en la habitación y la mujer le acerca un micrófono: “¿Cómo te encuentras?”. Ver a mi padre me tranquiliza, aunque su presencia sólo puede indicar que algo ha ido mal. Me doy cuenta de que en la habitación blanca, o donde quiera que me encuentre, me han colocado un monitor delante de los ojos y un interfono al lado para hablar conmigo. ¿Me habrán trasladado a un hospital? “Estoy bien, pero me gustaría saber qué me ha pasado. Sé que no te interesa mucho mi trabajo, pero me estaba sometiendo a un proceso para crear una réplica de mi mente en un servidor”. Mi propia voz tiene el mismo tinte metálico. El anciano a quien había confundido con mi padre responde: “No disimules, sabes perfectamente que la réplica eres tú”.
Al principio era algo ilusionante. Formar un equipo con los mejores y disponer de los fondos necesarios. No se puede pedir más. Incluso me permití contratar a Luna simplemente para tenerla cerca, para evitar que me abandonase cuando el trabajo ocupase casi todas mis horas de vigilia. Resultaba divertido que, antes de cada lectura, fuese ella quien eliminase de mi cuerpo todo rastro de vello y me fijase a la piel, minuciosamente, los centenares de electrodos. Pasar de la desnudez más absoluta a lucir ese traje de sensores y cables no era tan aburrido las primeras veces. Durante los últimos cuatro años, he pasado por esto mas o menos una vez cada tres meses, el tiempo necesario para analizar los datos y darlos por válidos. O no, porque hasta la fecha no hemos conseguido una sola lectura que sea digna de ser subida al flamante servidor que la espera con ansia, mimado por una corte de técnicos que lo mantienen actualizado con los últimos avances para evitar que, cuando efectivamente tenga que ponerse en marcha a toda potencia, se haya convertido en un cachivache obsoleto.
Ayer no fue Luna quien me vistió. Hace casi un año que nos abandonó a mí y al proyecto. Sentiría profundamente su marcha si tuviese tiempo para pensarlo, pero no es el caso. Seguramente pasará todavía mucho antes de que empiece a echarla realmente de menos. Ahora Rosa se ocupa, entre otras, de esta tarea. La primera vez resultó un poco incómodo para ambos, pero ahora es simplemente algo rutinario.
Mis pensamientos se van volviendo más claros. En pocos minutos volveré a ser yo. La cadencia siempre es la misma. Paulatinamente voy recuperando la consciencia, el oído y la vista, ya que la lectura se realiza con los ojos abiertos. Finalmente, vuelvo a tener el dominio de mis músculos. Es la mejor parte. Salir de este sopor que me aplasta contra la camilla y tomar un vaso de zumo bien frío, que me despeja con más eficacia que el mejor de los cafés, ansioso por empezar a analizar los resultados.
Oigo la voz de Rosa, pero llega a mí a través de un interfono, porque presenta ese tinte metálico característico de los altavoces de escasa calidad. Está pidiendo a alguien que acuda a la sala del servidor. Mientras tanto, aquí sigo, tumbado en la habitación blanca del sótano, sin poder hacer nada salvo esperar y recordar.
Creemos que los recuerdos son importantes porque nuestras pruebas con gatos y chimpancés fueron desastrosas. Nunca conseguimos que el servidor funcionase con sus lecturas más allá de unos pocos minutos. El equipo de técnicos llegó a la conclusión de que sus mentes colapsaban en el momento de despertar, abrumadas por una situación que no eran capaces de abordar.
Por eso decidimos intentarlo en humanos y, dado el volumen de programas y equipamiento que debían configurarse a medida, tenía que ser un sujeto cuyo compromiso con el proyecto estuviese fuera de toda duda.
De modo que aquí estoy, despertando de la decimosexta lectura de mi sistema nervioso al completo, desanimado por la convicción de que, como las veces anteriores, contendrá tantos errores que habrá que rechazarla y tendremos que volver a empezar en tres meses.
Parece que ya voy recuperando la vista. En lugar del techo de la habitación blanca, la imagen que se va formando ante mí es de una sala similar a la del servidor. Su panel de control es mucho más avanzado que el nuestro y sus indicadores evidencian que se encuentra trabajando a pleno rendimiento. De perfil, una mujer madura fija la mirada en una de las pantallas. Se parece vagamente a Rosa. Mi padre entra en la habitación y la mujer le acerca un micrófono: “¿Cómo te encuentras?”. Ver a mi padre me tranquiliza, aunque su presencia sólo puede indicar que algo ha ido mal. Me doy cuenta de que en la habitación blanca, o donde quiera que me encuentre, me han colocado un monitor delante de los ojos y un interfono al lado para hablar conmigo. ¿Me habrán trasladado a un hospital? “Estoy bien, pero me gustaría saber qué me ha pasado. Sé que no te interesa mucho mi trabajo, pero me estaba sometiendo a un proceso para crear una réplica de mi mente en un servidor”. Mi propia voz tiene el mismo tinte metálico. El anciano a quien había confundido con mi padre responde: “No disimules, sabes perfectamente que la réplica eres tú”.
FIGURA LITERARIA
Pasó largo rato dudando, cambiando de sitio los objetos y, sobretodo, desechando algunos de los trabajos más antiguos para hacer sitio a la nueva pieza. No era tanto una necesidad como un juego, una forma de finalizar y dar sentido a ese día, tan igual a tantos otros, que le había dejado una huella particular.
Aquella tarde había acudido como de costumbre al taller de manualidades. Siempre afrontaba el camino con la ilusión que despertaba en su mente, ajada por la vida y por el tiempo, la certeza de que el profesor habría preparado para ellas una nueva y maravillosa ocupación que le haría olvidar los cotidianos desvelos y le transportaría, mágicamente, a una infancia donde la responsabilidad aún no se había convertido en un peso y la alegría de todo nuevo descubrimiento flanqueaba cada uno de sus pasos.
Al llegar, percibió el olor dulzón de la cola blanca y ese ligero aroma a serrín que inundaba habitualmente el taller. Esparcidos sobre la mesa de trabajo había un montón de periódicos, catálogos y revistas. Las compañeras estaban ya sentadas y se afanaban en elegir la página que mejor serviría a sus propósitos. “Hoy haremos papiroflexia”, dijo el profesor dirigiéndose a la recién llegada, mientras trazaba en la pizarra una serie de rombos unidos por líneas de puntos.
Con diligencia, colgó el abrigo en el perchero y se sentó en la silla de siempre, cerca de la puerta, para salir la primera al terminar la clase. “Esta mañana he visto a tu nieta. Iba en la moto con el novio ese que tiene ahora”, dijo una mujer a su lado. Ignoró el comentario de su vecina de asiento, a quien conocía desde muchos años atrás, cuando ninguna de ellas tenía edad para pensar en algo que no fuera acudir al baile o reír sin motivo. Aunque no era consciente de ello, ambas habían seguido vidas paralelas, casadas demasiado pronto con hombres que las cargaron de demasiados hijos para, acto seguido, morir demasiado jóvenes.
Entre el revoltijo de la mesa, llamó su atención lo que parecía ser una antigua revista literaria llamada Nefelibata, desde cuya portada un ser mitológico la miraba fijamente. En ese instante sintió una extraña atracción hacia aquellas páginas, aunque sólo duró unos pocos segundos, ya que otra de las compañeras arrancó, sin miramientos, casi todo el contenido. Cogió lo que quedaba de la revista, abierta por una página titulada “Poema”. Lo leyó con interés y supo reconocer su belleza, aunque no fue capaz de dilucidar si trataba de amor o de desamor. Sintió que, ya que aquel ejemplar de la revista no iba a durar mucho, sería bonito que ese poema tuviera todavía un poco más de vida, convertido en una figura de papel sobre algún mueble de su dormitorio.
Estuvo atenta a las explicaciones y, con paciencia y esmero, fue realizando los dobleces pertinentes. Primero amplios y sencillos. Luego más intrincados, poniendo a prueba la habilidad de unos dedos que la artritis luchaba por inmovilizar. Sin duda, esa dificultad contribuyó decisivamente a fortalecer la conexión emocional que había establecido con su pequeña obra.
En el camino de vuelta, sólo acompañada por el sonido de sus pasos sobre el empedrado, se veía a sí misma como la desconocida heroína que había salvado del olvido apenas una pequeña mota de historia y, con ella, la memoria pasada de personas a las que no había conocido pero admiraba sin saber porqué.
Ya en el dormitorio, al finalizar el ritual de la colocación, se sintió orgullosa de haber conseguido que aquello, que seguramente había comenzado como la noche de insomnio de un aspirante a poeta y se había prolongado en la aventura editorial de un grupo de locos, acabase convertido en un majestuoso cóndor de papel. Listo para una nueva existencia. Inmóvil sobre el cristal de una cómoda pero, como todos aquellos que participaron en su creación, soñando con sobrevolar las nubes.
Aquella tarde había acudido como de costumbre al taller de manualidades. Siempre afrontaba el camino con la ilusión que despertaba en su mente, ajada por la vida y por el tiempo, la certeza de que el profesor habría preparado para ellas una nueva y maravillosa ocupación que le haría olvidar los cotidianos desvelos y le transportaría, mágicamente, a una infancia donde la responsabilidad aún no se había convertido en un peso y la alegría de todo nuevo descubrimiento flanqueaba cada uno de sus pasos.
Al llegar, percibió el olor dulzón de la cola blanca y ese ligero aroma a serrín que inundaba habitualmente el taller. Esparcidos sobre la mesa de trabajo había un montón de periódicos, catálogos y revistas. Las compañeras estaban ya sentadas y se afanaban en elegir la página que mejor serviría a sus propósitos. “Hoy haremos papiroflexia”, dijo el profesor dirigiéndose a la recién llegada, mientras trazaba en la pizarra una serie de rombos unidos por líneas de puntos.
Con diligencia, colgó el abrigo en el perchero y se sentó en la silla de siempre, cerca de la puerta, para salir la primera al terminar la clase. “Esta mañana he visto a tu nieta. Iba en la moto con el novio ese que tiene ahora”, dijo una mujer a su lado. Ignoró el comentario de su vecina de asiento, a quien conocía desde muchos años atrás, cuando ninguna de ellas tenía edad para pensar en algo que no fuera acudir al baile o reír sin motivo. Aunque no era consciente de ello, ambas habían seguido vidas paralelas, casadas demasiado pronto con hombres que las cargaron de demasiados hijos para, acto seguido, morir demasiado jóvenes.
Entre el revoltijo de la mesa, llamó su atención lo que parecía ser una antigua revista literaria llamada Nefelibata, desde cuya portada un ser mitológico la miraba fijamente. En ese instante sintió una extraña atracción hacia aquellas páginas, aunque sólo duró unos pocos segundos, ya que otra de las compañeras arrancó, sin miramientos, casi todo el contenido. Cogió lo que quedaba de la revista, abierta por una página titulada “Poema”. Lo leyó con interés y supo reconocer su belleza, aunque no fue capaz de dilucidar si trataba de amor o de desamor. Sintió que, ya que aquel ejemplar de la revista no iba a durar mucho, sería bonito que ese poema tuviera todavía un poco más de vida, convertido en una figura de papel sobre algún mueble de su dormitorio.
Estuvo atenta a las explicaciones y, con paciencia y esmero, fue realizando los dobleces pertinentes. Primero amplios y sencillos. Luego más intrincados, poniendo a prueba la habilidad de unos dedos que la artritis luchaba por inmovilizar. Sin duda, esa dificultad contribuyó decisivamente a fortalecer la conexión emocional que había establecido con su pequeña obra.
En el camino de vuelta, sólo acompañada por el sonido de sus pasos sobre el empedrado, se veía a sí misma como la desconocida heroína que había salvado del olvido apenas una pequeña mota de historia y, con ella, la memoria pasada de personas a las que no había conocido pero admiraba sin saber porqué.
Ya en el dormitorio, al finalizar el ritual de la colocación, se sintió orgullosa de haber conseguido que aquello, que seguramente había comenzado como la noche de insomnio de un aspirante a poeta y se había prolongado en la aventura editorial de un grupo de locos, acabase convertido en un majestuoso cóndor de papel. Listo para una nueva existencia. Inmóvil sobre el cristal de una cómoda pero, como todos aquellos que participaron en su creación, soñando con sobrevolar las nubes.
ANCESTRAL
Ellas creen que no existimos, que somos un simple estereotipo del pasado que justifica los ridículos trajes con los que se disfrazan cada año durante la última noche de octubre. Desconocen el papel que jugamos en sus atribuladas vidas, distraídas en una interminable cadena de asuntos que oscilan entre los que son tan absorbentes como intrascendentes y los que resultan tan amargos y vergonzosos que no se atreven a compartir con nadie.
No sospechan que ayer por la tarde, al volver de la papelería, me puse mis guantes de látex para extraer cuidadosamente tres sobres y tres cuartillas de sus correspondientes paquetes envueltos en celofán. Los elegí de la parte intermedia, de modo que hubiesen estado protegidos, minimizando la posibilidad de que presentasen cualquier marca o doblez. Mediante los tipos móviles de goma que también había comprado, compuse la frase que llevaba semanas rumiando en mi mente y, utilizando la ancestral tinta malva cuya elaboración aprendí de mi madre, imprimí la frase con suavidad en el centro de cada cuartilla. Repetí el proceso con los nombres de mis víctimas, estampando uno en cada sobre, pero usando esta vez tinta corriente.
Ellas no saben que cuando comencé el turno vestida con mi bata verde, nada fue inusual. Con la misma diligencia de cualquier otra noche, empujé mi carrito por las oficinas y, con idéntica dedicación, fui pulverizando ventanas, sillas y mesas con el spray de aroma a menta y limón, al tiempo que frotaba contra ellas mi bayeta con simulado entusiasmo. Tampoco la trayectoria de mi fregona sufrió alteración alguna, ejecutando el repetido ritual de cada noche con meditada perfección. Realicé el mismo recorrido sistemático, empezando por la parte superior y descendiendo planta por planta hasta llegar abajo cuando la luz del único dios que reconozco pugnaba por abrirse paso entre las moles de vidrio y hormigón que rodean a la mole de vidrio y hormigón en la que trabajamos. Cuando se produjo el relevo de los vigilantes del control de entrada, nadie había notado, ni siquiera las cámaras, que en tres de los despachos más altos había un sobre que antes no estaba allí.
Ahora, ninguna encuentra explicación al hecho de que sus jefes, los mismos que esta mañana han entrado puntuales y con paso firme en sus despachos mientras daban órdenes que no debían ser cuestionadas, se hayan arrojado minutos más tarde desde sus imponentes ventanales sin mediar palabra alguna, ignorantes de que, antes de que sus cráneos se quebrasen contra el suelo, las hojas de papel que acababan de leer habrían recuperado un blanco virginal.
Jefes que llevaban años aprovechándose de esas mujeres, a las que habían sometido porque no podían permitirse el lujo de perder el trabajo, de no pagar la hipoteca, de exponerse a un desahucio. Mujeres incapaces de reconocer ante sus hijos, o frente a un juez, los humillantes actos que habían cometido.
Como resulta frecuente en personas de su posición, ellos sabían que la herramienta más poderosa que se puede usar contra un ser humano es el miedo. Como todas las de mi condición, yo también lo sé.
No sospechan que ayer por la tarde, al volver de la papelería, me puse mis guantes de látex para extraer cuidadosamente tres sobres y tres cuartillas de sus correspondientes paquetes envueltos en celofán. Los elegí de la parte intermedia, de modo que hubiesen estado protegidos, minimizando la posibilidad de que presentasen cualquier marca o doblez. Mediante los tipos móviles de goma que también había comprado, compuse la frase que llevaba semanas rumiando en mi mente y, utilizando la ancestral tinta malva cuya elaboración aprendí de mi madre, imprimí la frase con suavidad en el centro de cada cuartilla. Repetí el proceso con los nombres de mis víctimas, estampando uno en cada sobre, pero usando esta vez tinta corriente.
Ellas no saben que cuando comencé el turno vestida con mi bata verde, nada fue inusual. Con la misma diligencia de cualquier otra noche, empujé mi carrito por las oficinas y, con idéntica dedicación, fui pulverizando ventanas, sillas y mesas con el spray de aroma a menta y limón, al tiempo que frotaba contra ellas mi bayeta con simulado entusiasmo. Tampoco la trayectoria de mi fregona sufrió alteración alguna, ejecutando el repetido ritual de cada noche con meditada perfección. Realicé el mismo recorrido sistemático, empezando por la parte superior y descendiendo planta por planta hasta llegar abajo cuando la luz del único dios que reconozco pugnaba por abrirse paso entre las moles de vidrio y hormigón que rodean a la mole de vidrio y hormigón en la que trabajamos. Cuando se produjo el relevo de los vigilantes del control de entrada, nadie había notado, ni siquiera las cámaras, que en tres de los despachos más altos había un sobre que antes no estaba allí.
Ahora, ninguna encuentra explicación al hecho de que sus jefes, los mismos que esta mañana han entrado puntuales y con paso firme en sus despachos mientras daban órdenes que no debían ser cuestionadas, se hayan arrojado minutos más tarde desde sus imponentes ventanales sin mediar palabra alguna, ignorantes de que, antes de que sus cráneos se quebrasen contra el suelo, las hojas de papel que acababan de leer habrían recuperado un blanco virginal.
Jefes que llevaban años aprovechándose de esas mujeres, a las que habían sometido porque no podían permitirse el lujo de perder el trabajo, de no pagar la hipoteca, de exponerse a un desahucio. Mujeres incapaces de reconocer ante sus hijos, o frente a un juez, los humillantes actos que habían cometido.
Como resulta frecuente en personas de su posición, ellos sabían que la herramienta más poderosa que se puede usar contra un ser humano es el miedo. Como todas las de mi condición, yo también lo sé.
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