miércoles, 2 de noviembre de 2016

ANCESTRAL

Ellas creen que no existimos, que somos un simple estereotipo del pasado que justifica los ridículos trajes con los que se disfrazan cada año durante la última noche de octubre. Desconocen el papel que jugamos en sus atribuladas vidas, distraídas en una interminable cadena de asuntos que oscilan entre los que son tan absorbentes como intrascendentes y los que resultan tan amargos y vergonzosos que no se atreven a compartir con nadie.

No sospechan que ayer por la tarde, al volver de la papelería, me puse mis guantes de látex para extraer cuidadosamente tres sobres y tres cuartillas de sus correspondientes paquetes envueltos en celofán. Los elegí de la parte intermedia, de modo que hubiesen estado protegidos, minimizando la posibilidad de que presentasen cualquier marca o doblez. Mediante los tipos móviles de goma que también había comprado, compuse la frase que llevaba semanas rumiando en mi mente y, utilizando la ancestral tinta malva cuya elaboración aprendí de mi madre, imprimí la frase con suavidad en el centro de cada cuartilla. Repetí el proceso con los nombres de mis víctimas, estampando uno en cada sobre, pero usando esta vez tinta corriente.

Ellas no saben que cuando comencé el turno vestida con mi bata verde, nada fue inusual. Con la misma diligencia de cualquier otra noche, empujé mi carrito por las oficinas y, con idéntica dedicación, fui pulverizando ventanas, sillas y mesas con el spray de aroma a menta y limón, al tiempo que frotaba contra ellas mi bayeta con simulado entusiasmo. Tampoco la trayectoria de mi fregona sufrió alteración alguna, ejecutando el repetido ritual de cada noche con meditada perfección. Realicé el mismo recorrido sistemático, empezando por la parte superior y descendiendo planta por planta hasta llegar abajo cuando la luz del único dios que reconozco pugnaba por abrirse paso entre las moles de vidrio y hormigón que rodean a la mole de vidrio y hormigón en la que trabajamos. Cuando se produjo el relevo de los vigilantes del control de entrada, nadie había notado, ni siquiera las cámaras, que en tres de los despachos más altos había un sobre que antes no estaba allí.

Ahora, ninguna encuentra explicación al hecho de que sus jefes, los mismos que esta mañana han entrado puntuales y con paso firme en sus despachos mientras daban órdenes que no debían ser cuestionadas, se hayan arrojado minutos más tarde desde sus imponentes ventanales sin mediar palabra alguna, ignorantes de que, antes de que sus cráneos se quebrasen contra el suelo, las hojas de papel que acababan de leer habrían recuperado un blanco virginal.

Jefes que llevaban años aprovechándose de esas mujeres, a las que habían sometido porque no podían permitirse el lujo de perder el trabajo, de no pagar la hipoteca, de exponerse a un desahucio. Mujeres incapaces de reconocer ante sus hijos, o frente a un juez, los humillantes actos que habían cometido.

Como resulta frecuente en personas de su posición, ellos sabían que la herramienta más poderosa que se puede usar contra un ser humano es el miedo. Como todas las de mi condición, yo también lo sé.


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