Mi infancia no fue feliz. Tuve como padres a las personas más cariñosas que alguien pueda desear y nada era para ellos más importante que yo. En todo caso, podía serlo mi educación. Sin embargo, tan pronto traspasaba los protectores límites de mi hogar, el mundo se transformaba en un lugar hostil que yo no comprendía, que carecía de sentido absolutamente, plagado de seres cuyo comportamiento no dejaba de sorprenderme de las formas más desagradables e injustificadas.
Mis primeros recuerdos se sitúan en su escuela, aquella antigua capilla que estaba en la misma acera que mi casa, al final de la calle. Como sacerdote, Ud. se ganó la confianza de varios vecinos del pueblo, consiguiendo reunir a un conjunto heterogéneo de alumnos de todos los niveles educativos. Recordará que nos mandaba sentar en los bancos de la iglesia mirando hacia el altar mayor, desde donde Ud., siempre orgulloso, impartía las clases ataviado con su raída sotana negra. A diferencia de mis compañeros, que parecían estar allí para pegarse unos con otros y para someternos a los más pequeños a todo tipo de humillaciones y amenazas, mi único salvavidas era el goce que me producía aprender lo que escuchaba durante sus clases.
Recuerdo que Ud. a veces comenzaba a hacer preguntas por el lado izquierdo, donde se sentaban los mayores, a modo de concurso. Cuando alguien acertaba, ganaba la primera posición mientras el resto desplazábamos nuestras nalgas hacia la derecha sobre la desgastada madera de los bancos. Los de primaria siempre ocupábamos las últimas posiciones y nuestras posibilidades de contestar eran escasas, pero aquél día en que ningún otro supo la respuesta y conseguí el primer puesto, por delante de los alumnos de bachillerato, lo viví como un triunfo y es lo único de aquella etapa que recuerdo con agrado.
El resto de secuencias confusas que consigo evocar tiene siempre el tinte de la intimidación por parte de los compañeros durante los recreos en aquella celda sin techo que llamábamos patio, del maloliente cubículo que hacía las veces de aseo o del dolor físico cuando Ud. nos levantaba del suelo, agarrándonos de una oreja para interrogarnos sobre alguna travesura. Tampoco habrá olvidado lo que disfrutaba cuando nos ponía a todos en linea mirando hacia el altar y nos hacía extender las manos a los lados con las palmas hacia arriba, de modo que las mías quedaban expuestas delante de los compañeros que me flanqueaban, mientras que delante de mí se situaban la palma derecha del que estaba a mi izquierda y la izquierda del que estaba a mi derecha. Recuerdo cómo inspeccionaba Ud. esta estructura, corrigiendo la posición de las manos que estaban demasiado altas o bajas, persiguiendo minuciosamente la linealidad del conjunto. Y cómo, a continuación, con su regla de madera iba repartiendo sonoros palmetazos a lo largo de esta temblorosa cadena de manitas infantiles, algunas adolescentes, que quedaban rojas y doloridas durante el resto del día.
Todavía hoy puedo mirarme la mano y sentir el impacto no sólo del golpe sino también de la impotencia ante aquellos castigos injustos y con frecuencia aleatorios, que sin embargo eran generosamente respaldados por nuestros padres como herramienta efectiva para nuestra formación.
Ignoro si en años posteriores Ud. llegó a arrepentirse de algunas de aquellas acciones, o siquiera a cuestionarlas. Supongo que no. Tampoco me importa y no es lo que pretendo redactando esta carta que no le enviaría aunque pudiese. Mi único objetivo es extraer de la memoria aquella lejana parcela para ser capaz de ponerla por escrito y relegarla por fin a la posición que merece: el olvido.
Atentamente,
Guillermo J. Caamaño
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