En CHORIBERIA, es nuestro compromiso con la cultura, y con el chorizo ibérico, el que nos impulsa a convocar un año más nuestro prestigioso Concurso Literario sujeto a unas sencillas normas: los textos deberán ser publicados en una red social durante la próxima semana con el hashtag #YoSoyMásDeChorizo y tendrán una extensión de cuatro a diez palabras, debiendo aparecer entre ellas CHORIZO un mínimo de 3 veces.
A cambio del suculento premio de un paquete de 200 gramos de nuestro exclusivo Chorizo Premium, los autores renunciarán a todos los derechos sobre el texto que presenten, así como también sobre cualquier otro que puedan escribir a lo largo de sus descoloridas vidas.
Desde su fundación, CHORIBERIA ha mantenido la voluntad de alcanzar la excelencia en la producción del más exquisito chorizo. Esto nos ha llevado a seleccionar los mejores ejemplares de cerdo de nuestras granjas exclusivamente para la producción de nuestras variedades más apreciadas, entre las que se incluyen el chorizo de lomo y el chorizo de jamón. Sin embargo, nunca olvidamos que nuestra verdadera vocación es el fomento de la cultura en nuestra sociedad como medio para construir un mundo mejor.
A continuación, reproducimos el texto ganador del año pasado:
Chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo chorizo.
He creado este blog para publicar algunos de mis relatos. Si os gustan y queréis dejar un comentario, lo agradeceré.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
lunes, 19 de diciembre de 2016
PLEGARIA
Estaba convencido de que esta vez su ofrenda produciría el resultado esperado. Había trabajado incansablemente para crear una obra realmente extraordinaria. Digna de hacer palidecer a todas las anteriores. Capaz de conmover a sus antepasados en tal grado que se viesen obligados a concederle el don que tantas veces les había implorado y que la medicina tozudamente le seguía negando. El imponente dragón multicolor, que había construido usando las más delicadas láminas de papel de seda perfumado, estaba por fin terminado. Se había esmerado en imprimir al conjunto una actitud respetuosa, que se reflejaba en la posición de la cabeza y el cuello con respecto al majestuoso cuerpo, formado por la unión de centenares de diminutas escamas. Siguiendo la misma idea, había dispuesto las alas, la larga cola y las patas cuidadosamente replegadas, esbozando una tímida reverencia, para conseguir la mezcla que buscaba de belleza, fuerza y sumisión.
Al llegar al templo, depositó la figura en una bandeja metálica, delante del pequeño altar. Se arrodilló y, tras permanecer inmóvil un instante, encendió una larga cerilla que acercó pausada y ceremoniosamente al papel; cuando éste prendió, contuvo la respiración durante el breve tiempo en que las llamas se extendieron, devoraron ávidamente su creación y se extinguieron, dejando en el ambiente un exquisito aroma a lavanda, canela y vainilla. Un leve rastro de cenizas, apenas perceptible, era el único testimonio de que algo, quizá grande y hermoso, había ocupado la bandeja un momento antes.
Esperó en silencio, con los ojos cerrados, explorando con la mente cada fracción de su piel como un halcón que sobrevolase aquellas dolorosas llanuras, densamente tapizadas de indeseados arbustos amarillentos. No había cambios. Allí seguían las horribles verrugas que torturaban sus miembros, su tronco y su rostro desde que tenía memoria. De nuevo, sus ancestros no se apiadaban de él. Le ignoraban. Se negaban a liberarle de su pesada e injusta maldición.
Súbitamente, el dolor de fondo cesó por completo. Sorprendido, pudo ver desde arriba su propio cuerpo. De rodillas primero. Cayendo sobre un costado después. Al levantar la vista, se vio rodeado por los desdibujados rostros de aquellos a quienes dirigía sus oraciones, mientras una tenue voz le susurraba: “Tranquilo, ya estás con nosotros”.
Al llegar al templo, depositó la figura en una bandeja metálica, delante del pequeño altar. Se arrodilló y, tras permanecer inmóvil un instante, encendió una larga cerilla que acercó pausada y ceremoniosamente al papel; cuando éste prendió, contuvo la respiración durante el breve tiempo en que las llamas se extendieron, devoraron ávidamente su creación y se extinguieron, dejando en el ambiente un exquisito aroma a lavanda, canela y vainilla. Un leve rastro de cenizas, apenas perceptible, era el único testimonio de que algo, quizá grande y hermoso, había ocupado la bandeja un momento antes.
Esperó en silencio, con los ojos cerrados, explorando con la mente cada fracción de su piel como un halcón que sobrevolase aquellas dolorosas llanuras, densamente tapizadas de indeseados arbustos amarillentos. No había cambios. Allí seguían las horribles verrugas que torturaban sus miembros, su tronco y su rostro desde que tenía memoria. De nuevo, sus ancestros no se apiadaban de él. Le ignoraban. Se negaban a liberarle de su pesada e injusta maldición.
Súbitamente, el dolor de fondo cesó por completo. Sorprendido, pudo ver desde arriba su propio cuerpo. De rodillas primero. Cayendo sobre un costado después. Al levantar la vista, se vio rodeado por los desdibujados rostros de aquellos a quienes dirigía sus oraciones, mientras una tenue voz le susurraba: “Tranquilo, ya estás con nosotros”.
CARTA A DON TOMÁS
Recordado Don Tomás,
Mi infancia no fue feliz. Tuve como padres a las personas más cariñosas que alguien pueda desear y nada era para ellos más importante que yo. En todo caso, podía serlo mi educación. Sin embargo, tan pronto traspasaba los protectores límites de mi hogar, el mundo se transformaba en un lugar hostil que yo no comprendía, que carecía de sentido absolutamente, plagado de seres cuyo comportamiento no dejaba de sorprenderme de las formas más desagradables e injustificadas.
Mis primeros recuerdos se sitúan en su escuela, aquella antigua capilla que estaba en la misma acera que mi casa, al final de la calle. Como sacerdote, Ud. se ganó la confianza de varios vecinos del pueblo, consiguiendo reunir a un conjunto heterogéneo de alumnos de todos los niveles educativos. Recordará que nos mandaba sentar en los bancos de la iglesia mirando hacia el altar mayor, desde donde Ud., siempre orgulloso, impartía las clases ataviado con su raída sotana negra. A diferencia de mis compañeros, que parecían estar allí para pegarse unos con otros y para someternos a los más pequeños a todo tipo de humillaciones y amenazas, mi único salvavidas era el goce que me producía aprender lo que escuchaba durante sus clases.
Recuerdo que Ud. a veces comenzaba a hacer preguntas por el lado izquierdo, donde se sentaban los mayores, a modo de concurso. Cuando alguien acertaba, ganaba la primera posición mientras el resto desplazábamos nuestras nalgas hacia la derecha sobre la desgastada madera de los bancos. Los de primaria siempre ocupábamos las últimas posiciones y nuestras posibilidades de contestar eran escasas, pero aquél día en que ningún otro supo la respuesta y conseguí el primer puesto, por delante de los alumnos de bachillerato, lo viví como un triunfo y es lo único de aquella etapa que recuerdo con agrado.
El resto de secuencias confusas que consigo evocar tiene siempre el tinte de la intimidación por parte de los compañeros durante los recreos en aquella celda sin techo que llamábamos patio, del maloliente cubículo que hacía las veces de aseo o del dolor físico cuando Ud. nos levantaba del suelo, agarrándonos de una oreja para interrogarnos sobre alguna travesura. Tampoco habrá olvidado lo que disfrutaba cuando nos ponía a todos en linea mirando hacia el altar y nos hacía extender las manos a los lados con las palmas hacia arriba, de modo que las mías quedaban expuestas delante de los compañeros que me flanqueaban, mientras que delante de mí se situaban la palma derecha del que estaba a mi izquierda y la izquierda del que estaba a mi derecha. Recuerdo cómo inspeccionaba Ud. esta estructura, corrigiendo la posición de las manos que estaban demasiado altas o bajas, persiguiendo minuciosamente la linealidad del conjunto. Y cómo, a continuación, con su regla de madera iba repartiendo sonoros palmetazos a lo largo de esta temblorosa cadena de manitas infantiles, algunas adolescentes, que quedaban rojas y doloridas durante el resto del día.
Todavía hoy puedo mirarme la mano y sentir el impacto no sólo del golpe sino también de la impotencia ante aquellos castigos injustos y con frecuencia aleatorios, que sin embargo eran generosamente respaldados por nuestros padres como herramienta efectiva para nuestra formación.
Ignoro si en años posteriores Ud. llegó a arrepentirse de algunas de aquellas acciones, o siquiera a cuestionarlas. Supongo que no. Tampoco me importa y no es lo que pretendo redactando esta carta que no le enviaría aunque pudiese. Mi único objetivo es extraer de la memoria aquella lejana parcela para ser capaz de ponerla por escrito y relegarla por fin a la posición que merece: el olvido.
Atentamente,
Mi infancia no fue feliz. Tuve como padres a las personas más cariñosas que alguien pueda desear y nada era para ellos más importante que yo. En todo caso, podía serlo mi educación. Sin embargo, tan pronto traspasaba los protectores límites de mi hogar, el mundo se transformaba en un lugar hostil que yo no comprendía, que carecía de sentido absolutamente, plagado de seres cuyo comportamiento no dejaba de sorprenderme de las formas más desagradables e injustificadas.
Mis primeros recuerdos se sitúan en su escuela, aquella antigua capilla que estaba en la misma acera que mi casa, al final de la calle. Como sacerdote, Ud. se ganó la confianza de varios vecinos del pueblo, consiguiendo reunir a un conjunto heterogéneo de alumnos de todos los niveles educativos. Recordará que nos mandaba sentar en los bancos de la iglesia mirando hacia el altar mayor, desde donde Ud., siempre orgulloso, impartía las clases ataviado con su raída sotana negra. A diferencia de mis compañeros, que parecían estar allí para pegarse unos con otros y para someternos a los más pequeños a todo tipo de humillaciones y amenazas, mi único salvavidas era el goce que me producía aprender lo que escuchaba durante sus clases.
Recuerdo que Ud. a veces comenzaba a hacer preguntas por el lado izquierdo, donde se sentaban los mayores, a modo de concurso. Cuando alguien acertaba, ganaba la primera posición mientras el resto desplazábamos nuestras nalgas hacia la derecha sobre la desgastada madera de los bancos. Los de primaria siempre ocupábamos las últimas posiciones y nuestras posibilidades de contestar eran escasas, pero aquél día en que ningún otro supo la respuesta y conseguí el primer puesto, por delante de los alumnos de bachillerato, lo viví como un triunfo y es lo único de aquella etapa que recuerdo con agrado.
El resto de secuencias confusas que consigo evocar tiene siempre el tinte de la intimidación por parte de los compañeros durante los recreos en aquella celda sin techo que llamábamos patio, del maloliente cubículo que hacía las veces de aseo o del dolor físico cuando Ud. nos levantaba del suelo, agarrándonos de una oreja para interrogarnos sobre alguna travesura. Tampoco habrá olvidado lo que disfrutaba cuando nos ponía a todos en linea mirando hacia el altar y nos hacía extender las manos a los lados con las palmas hacia arriba, de modo que las mías quedaban expuestas delante de los compañeros que me flanqueaban, mientras que delante de mí se situaban la palma derecha del que estaba a mi izquierda y la izquierda del que estaba a mi derecha. Recuerdo cómo inspeccionaba Ud. esta estructura, corrigiendo la posición de las manos que estaban demasiado altas o bajas, persiguiendo minuciosamente la linealidad del conjunto. Y cómo, a continuación, con su regla de madera iba repartiendo sonoros palmetazos a lo largo de esta temblorosa cadena de manitas infantiles, algunas adolescentes, que quedaban rojas y doloridas durante el resto del día.
Todavía hoy puedo mirarme la mano y sentir el impacto no sólo del golpe sino también de la impotencia ante aquellos castigos injustos y con frecuencia aleatorios, que sin embargo eran generosamente respaldados por nuestros padres como herramienta efectiva para nuestra formación.
Ignoro si en años posteriores Ud. llegó a arrepentirse de algunas de aquellas acciones, o siquiera a cuestionarlas. Supongo que no. Tampoco me importa y no es lo que pretendo redactando esta carta que no le enviaría aunque pudiese. Mi único objetivo es extraer de la memoria aquella lejana parcela para ser capaz de ponerla por escrito y relegarla por fin a la posición que merece: el olvido.
Atentamente,
Guillermo J. Caamaño
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