Las mieles del mecenazgo están hechas para paladares más educados que el mío. Aunque nunca he discutido tus órdenes, me resulta incomprensible que dilapides tontamente una parte significativa de tus rentas para alimentar a una selecta corte más de aduladores que de artistas. Soy incapaz de encontrar ni siquiera una leve emoción en las salpicaduras arrojadas de forma aleatoria sobre un lienzo, en una habitación plagada de pantallas torcidas mostrando en bucle imágenes de cuerpos semidesnudos o en tres bolsas de basura descuidadamente apiladas en el rincón mejor iluminado de un museo. Considero a sus creadores una manada de parásitos que han encontrado una cómoda forma de vida a la sombra de un mecenas tan sensible a su arte como férreo en el gobierno de sus negocios. Respaldo tus inversiones en casinos por su rentabilidad y en empresas farmacéuticas por tus problemas de salud. Pero lo de patrocinar a estos golfos siempre me ha parecido una pérdida de tiempo y sobretodo de dinero.
El caso de Vincenzo es diferente. Junto con su foto, recibí el catálogo de sus obras más recientes y, al hojearlo, me sentí tan sobrecogido por la belleza de aquellas esculturas de mármol que acudí a su exposición todas las tardes de la siguiente semana, dedicando largos minutos a contemplar cada pieza hasta casi memorizarla. Se le ha criticado calificándole de barroco, pero es precisamente su atención a los detalles y la delicadeza y abundancia de éstos lo que resulta conmovedor. La portada del catálogo reproduce la que considero su obra maestra: cabeza de mujer. Una mujer joven que parece dirigir la mirada hacia su regazo mientras el pelo, largo y ensortijado, resbala suavemente sobre su hombro izquierdo.
El día que fui a su estudio, tras una deliberadamente breve presentación, le pedí que me mostrase el cincel que había utilizado para esculpir aquel retrato femenino. Había leído que Vincenzo pasó la mayor parte de su infancia en una cabaña aislada en la zona de los Alpes donde el único entretenimiento posible era tallar la madera con una pequeña navaja. Allí desarrolló esa soberbia habilidad para identificar formas y volúmenes, para extraer del amorfo material gráciles ciervos, osos amenazantes y las esbeltas pastorcillas que aparecen recurrentemente en su obra. Cuando, viviendo ya en Venecia, pudo experimentar con el mármol, su don floreció más que nunca y le llevó en pocos años a llamar la atención de solventes mecenas, si bien fue a ti a quien eligió finalmente. Liberado de la preocupación por ganarse el sustento cotidiano, dedicaba sus días y sus noches a cincelar incansablemente bloques de todos los tamaños, como si presintiese que su tiempo entre los vivos tendría una corta fecha de caducidad.
Cuando le tuve ante mí, me pareció que su extrema delgadez le daba una apariencia demasiado frágil, impropia de alguien dedicado a un arte tan exigente físicamente. Además, la blancura casi transparente de su tez, la finura de su mentón y los caprichosos rizos de su rubio cabello podrían inducir a un observador distraído a tomarle por una más de las bucólicas figuras que poblaban su estudio. Sólo la presencia de unos grandes ojos oscuros sugería que algo vivo se ocultaba, o más bien se protegía, dentro de tan liviana envoltura.
Mi interés por uno de sus útiles de trabajo no pareció agradarle, quizá por resultar una petición inesperada o impertinente, pero le debía demasiado al apellido impreso en mi tarjeta de visita como para negarse o poner reparos. A los pocos minutos lo tenía en mis manos.
Un cincel de acero forjado, tan desgastado que había perdido el brillo entre los golpes contra el mármol y el polvo de éste depositado en toda su extensión. No sería más largo que la distancia entre mis dedos pulgar e índice totalmente extendidos. Su grosor permitía agarrarlo con firmeza o suavidad, según lo requiriese el embate que el pesado mazo iba a ejecutar a continuación. La forja había sido eficaz, pues el extremo afilado había resistido centenares de impactos sin perder su agudo borde, mientras que el engrosamiento del extremo opuesto, con su forma roma y aparentemente irregular, ofrecía una superficie ideal para recibir el impacto que se transmitiría a través del acero para infligir al doliente mármol el más sutil de los desgarros.
No pude evitar una intensa agitación al sentir su frialdad y comprobar hasta qué punto estábamos hechos del mismo material. Yo he sido el implacable cincel con el que has esculpido tu imperio y por eso siempre te llamé jefe antes que padre. Tú, siempre presto a doblegar voluntades y conseguir resultados rápidos e incontestables. Yo, firme acero ejecutando tus órdenes. Me forjaste pacientemente de acuerdo a tus necesidades, unas veces con castigos físicos, otras con privaciones, la mayor parte de las veces mediante coacciones, hasta convertirme en una herramienta perfecta para conseguir tus fines. Te estoy agradecido por ello.
Casi me dio pena la triste mirada de aquellos ojos profundos cuando empujé el implacable cincel a abrirse paso entre las costillas de Vincenzo y atravesé su corazón, desgarrándolo hasta dejarlo inerte.
Tu previsión se ha cumplido. Como esperabas cuando me diste la orden, la cotización de sus obras se ha disparado y con ella tu patrimonio. Me has enseñado bien. Tantos años sirviéndote me han llevado a dominar mi arte tanto como él dominaba el suyo. Ya sabes que me gustan estos juegos y que, cuando tengo que poner fin a una vida, me obsesiona encontrar un instrumento que guarde una íntima relación con mi víctima.
Sin embargo, te guardo otra noticia aún mejor. Una empresa farmacéutica, en la que no has invertido, ha cometido un grave error que la conducirá a la quiebra y centuplicará el valor de las acciones de la competencia, que sí posees. Ese lamentable error causará la muerte a numerosos pacientes, involuntarios peones que es necesario sacrificar para alcanzar un bien mayor. Pero con ellos también caerá un rey.
No ha sido casual que hoy, en la única farmacia cercana a la casa de campo en la que te aíslas del mundo, sólo estuviese disponible la insulina de ese laboratorio negligente. Cuando te la has inyectado esta tarde, sin saberlo, has roto ese equilibrio inestable por el que tu cuerpo lleva serpenteando toda tu vida.
En cierto modo, tu previsión se ha cumplido. Como esperabas, tu fortuna se ha multiplicado. Pero algo ha salido mal. Ahora es mi fortuna.
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