Ahora que siento mis corazones detenerse, veo que todo ha sido en vano. De nada me ha servido emprender una huida tan larga y arriesgada que nadie más se atrevió intentarlo.
Nuestra vida transcurre pacíficamente. Pasamos el día descansando, comiendo o simplemente paseando por las zonas del mundo a las que nunca llega luz. Nos gusta ascender por las formaciones tubulares, siguiendo sus caprichosos recorridos y vueltas. Encaramarnos a las gruesas fibras y trepar por las colinas verticales. Descender a las intrincadas cuevas situadas bajo el desierto, cuyos recovecos tan propicios son para el amor. Cuando cae la noche, sentimos que el mundo se expande repentinamente y nos pertenece en su totalidad. En ese momento, los más inquietos salimos al exterior para recorrer cada llanura, valle y montaña, empujados por el deseo tanto de explorar como de asegurar la supervivencia de nuestra comunidad. Cuando encontramos un nuevo círculo de comida, avisamos a los compañeros para que acudan rápidamente a tomar jugosas raciones. Casi a diario, los dioses nos obsequian con nuevas y deliciosas sorpresas que garantizan nuestro sustento. O así era hasta ahora. Nunca sabremos si existe alguna relación entre la extrema generosidad que mostraron la pasada noche y la desgracia del día siguiente.
Debimos huir cuando empezó la inundación. De haberlo hecho mis compañeros seguirían vivos y yo no tendría ahora la certeza de mi próxima muerte. En lugar de eso, nos limitamos a resguardarnos trepando a lugares más altos. A pesar de doblar en edad a la mayoría, o precisamente por eso, propuse que debíamos atravesar el desierto, en pleno día, hasta llegar al borde de la tierra y dar un paso más allá.
Sin embargo, nadie quiso seguirme hasta que ya era demasiado tarde, hasta que la nube tóxica envenenó el aire y nos obligó definitivamente a abandonar nuestro asentamiento. Entonces la huida fue caótica. Unos ascendieron por los grandes tubos tan alto como pudieron. Otros se lanzaron a la llanura, sin rumbo ni plan predeterminado. La mayoría intentó llegar hasta los rincones más ocultos de los subterráneos. Sus esfuerzos fueron inútiles.
Solo yo me adentré en el desierto, con el firme propósito de llegar hasta los confines del mundo conocido y traspasarlos. ¿Para qué? Para terminar perdiendo el control de mis miembros y morir inmóvil, tumbado boca arriba. Mi único consuelo ha sido, a pesar de la parálisis, poder contemplar el cielo más lejano y bello que nadie haya visto antes. Lo último que pude escuchar fueron los sonidos incomprensibles que los dioses intercambiaban entre sí: “He retirado las sobras de la cena de Navidad, he fregado la cocina y he fumigado. Recoge la cucaracha muerta que hay en la puerta.”.
Genial.
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